Collage © Oscar Varona | A suitcase full of corpses

Palabras suicidas que surgieron de la calle y que terminamos por creer. Nuestro final es el tiempo de su imperio de caramelo. No quiero este mundo. Se ve el cadáver de la enferma desde el universo espacial. Un punto en mitad de la inmensidad de la locura. Repetimos el mismo discurso. Vinieron a explotar nuestras ciudades observando desde sus atalayas invisibles el caos afianzarse en los sueños psicóticos del populacho. Construyeron rascacielos de sangre mientras promovían escapar a ellos, convertidos en duchas de campos de concentración. Todos en procesión por las autopistas de fin de semana, felices por carecer de todo. Vinieron primero aquellos con cuerpos hinchados y cabezas enfermas, mintiendo sobre lo divertido del imperio, saltando desde las esquinas a las ventanas, colándose en nuestras casas, destruyendo nuestras pertenencias y haciéndolas suyas. Como aquellas bocas infectas que durante años escupieron los testículos masticados de los sirvientes. Han tomado el infierno, lo han hecho suyo. Respiramos insectos que carecen de visión. Venden palabras, ira, miedo, votos. Te han vendido a ti. Te han inventado. Y aun así, repetimos el mismo discurso. Arden las consecuencias y los edificios en un infinito inconsistente. La diestra perdurará siquiera en un cuerpo corrupto. Comprendo, ahora. Han tomado a personas y han cruzado sus miserias con los pensamientos de cualquier divertido martirio, arrojando más tarde sus restos a una fosa común que crece al borde de la carretera. Nos han abierto los agujeros con promesas fálicas que se derriten como mantequilla en el sexo de una ninfa cuyo rostro asesinado aparece en las primeras páginas de los principales tabloides. Repetimos el mismo discurso. Demonios de carteras privilegiadas ahogan a los no partidarios propagando odio en insignificantes tiempos para perdurar en el poder y agrandar sus estómagos y sus egos hediondos. Queman libros en las plazas de los pueblos. Aplausos del personal. Nos creemos libres por poder cambiar de canal, pero nos tragamos el mismo parlamento una y otra vez. Cortan las manos de los escritores para que así no puedan expresarse. Lo mismo hacen con las lenguas de los voceras que vomitan lo contrario. Y repetimos el mismo discurso. Explotan teatros, cargas de dinamita en las butacas donde los niños sólo ven marionetas. Tienes el cerebro señalado. El dedo acusador del vecino, aquel con el que jugabas cuando eras pequeño. Te detienen por no pensar igual. Te juzgan en la calle. Es mejor morir. Han inoculado el germen del sinsentido en la mente del no-nacido para así asegurarse su permanencia. ¡Viva la educación, donde quiera que esté! La cultura es tortura que se repite en el tiempo tradicional. ¿Qué hora es? Un siglo y medio menos. Estímulos constantes, anuncios de vivos colores, sonidos cacofónicos que reverberan en el oído sordo de quien se niega a oír. Pegados a una máquina para así poder respirar, soportar el vivir. Mentiras hechas tecnología inyectada en la sien. Y nos creemos libres, y seguimos repitiendo el mismo discurso. Como zombis. La guerra mundial Z se ha instalado en el salón de tu casa. El cerebro estalla en informaciones insustanciales para encumbrar a personajes que cuando mueran nadie volverá a mencionar. El arte es un ojete abierto en mitad de la oscuridad. Todo es tan parecido que las diferencias apenas existen, y si las percibimos, las perseguimos y atacamos. Se nos llenan los dientes de polvo con tanto discurso reiterado. Atrofiados los sueños por cuerpos desnudos híper-lubricados, restregándose contra nuestros deseos más abyectos. Vaginas y penes escupiendo fluidos de mala baba. Y repetimos el mismo discurso. Ba, be, bi, bo, bu. Veo bocas en las cuencas de los ojos de aquellas personas que observan su cuenta corriente en la que sólo crece pelo y no terminan el mes sin arder. La vejez es un insulto. Remover ángeles para así salir atribulado de un funeral despreciable. Hermano cielo, puño de lujo. Sentidos gritando y arañando al bebé colgado. Un toque de violencia del falso hueso humeante. Suenan las sirenas cada media hora. La máscara bien puesta. Despedir obstinado la cruel visión del hambriento. Atado lo llevan a la jungla donde se producirá el sacrificio. No se preocupan en esconder el mayor secreto de la mafia que se arrastra por la noche. Gran cabeza pensante. Un vientre más atómico. Se demuestra entonces al cielo los calientes cuerpos que permanecen fríos. Una cruz. Corre el aire. No está la chica que clava amenazas en los ojos de los viandantes. “Queremos tu sexo”, gritan los hombres, con el beneplácito de la sociedad, poco antes de abalanzarse sobre ella. Pescan sabores amargos bajo la congelación  del ano. Algunos suben sofocados a la superficie rojo-asesinato, sin saber qué ha pasado, disculpando sus acciones, haciéndolas fruto del sistema. Balancearé mis ojos sobre el pantano y mi granja inventada. Queremos un turno para poder escapar, pero resulta imposible. Me conformaré con contemplar la decadencia y la destrucción, pues en ellas está la salvación. La aniquilación y la belleza de las cosas. ¡El siguiente!

Relato y Collage “A suitcase full of corpses” © Oscar Varona |