© Oscar Varona | Irrigación I Collage I Coctel Demente

Déjame contarte una historia, así, para hacer tiempo. Puede que te sea útil. De alguna manera. No tienes prisa, ¿verdad? Es una historia que alguien me contó hace poco y que me dejó gratamente impresionado. Verás… todo comienza con el increíble hallazgo de un pene flotando en el plato de las natillas que le han servido a alguien en un restaurante cualquiera. ¿Te lo puedes creer? El hombre, pues es un hombre quién se lo encuentra, se pregunta de quién será el pene y a qué sabrá. Comprueba con cierto estupor que el postre viene acompañado de una porción de queso magro ácido. Aparta el plato y se dedica a beber vasos destilados con enjuague bucal. Huele a clorofila líquida que apesta pero siente en seguida el subidón del alcohol en su cerebro. Levanta la mano y llama la atención de la camarera con labio leporino que no ha dejado de observarle en toda la noche. La mujer, de inmediato, retira los platos. El lugar huele a cochambre y a semen.

Saca un viejo cuaderno y anota con cierta dificultad la conversación que mantuvo con el “hombre del miedo”. Hace años que no escribe, por lo que las agujas dolorosas del esfuerzo y la presión ahogan su mano derecha y entumecen sus músculos blandos. El “hombre del miedo” es alguien que vive debajo de su cama desde que era niño. A veces habla con él y le dice mensajes cifrados que tiene que adivinar. Es la misma persona que le ha informado de este local. “Sueles ir a menudo”, comentó la pasada noche en un tono oscuro, casi negro, revuelto en alientos pringosos de cebada. Pero ¿qué busca nuestro protagonista en este sitio en concreto? Y si busca algo, ¿quién le dice que no lo ha encontrado?

La camarera se sienta a su mesa con cierta delicadeza de barrio pobre. Su exquisitez se diluye bajo su voz anal sangrante. “Pregunto que si me vas a esperar o vuelves a tus asuntos de pan y chocolate”.

El hombre no sabe qué responder. Desconoce si la mujer  necesita una respuesta inmediata o tan sólo busca algún tipo de conversación trivial. Lo único que recibe con aplomo es una mirada triste y acuosa acompañada de una sonrisa partida.

¿Es hoy el día de hoy? Porque creo estar soñando y necesito despertar”, comenta el hombre. La camarera le observa, se rasca la pierna y se levanta de la mesa visiblemente enojada. El hombre le agarra del brazo e impide que se vaya. La mujer le mira con condescendencia revienta-tripas.

No te conozco, no sé quién eres”, dice el hombre con la voz quebrada. “Me acordaría de ti sin dudarlo”.

La camarera mira al techo buscando inspiración sagrada y paciencia reticular; sonríe e ilumina su boca con gas propano.

Ayer era una reina y hoy soy una pierna seccionada en un cubo de basura. Me llamo Ana María. ¿No sientes nada por mí? Aunque sólo sea tristeza”.

El hombre ahoga una risa payasa y besa con parsimonia y delicadeza su mano ambigua “Bien, Ana María, te esperaré y te llevaré al fin del mundo. Y si mañana sigues viva, tal vez escribas una novela de todo esto”.

Ella ríe por primera vez en toda la velada absurda e intimista. Lo hace con ganas. Vomita carcajadas de aire mohoso que se elevan hasta la cristiandad para aterrizar en los oídos cristalinos de los comensales que engullen en silencio penes de plástico y coños de goma aderezados con especias y mostaza francesa.

Al fin podré salir de este tugurio de mierda y ser rica”, explica ilusionada sin dejar de sonreír. “Déjame que me cambie”.

El hombre asiente y la ve alejarse, o más bien observa cómo la oscuridad engulle su culo estrecho y apergaminado. Pobre muchacha vírica. “No sabe que nadie sale de la mierda ni conmigo ni escribiendo. Esa es la gran broma macabra de todo esto, la estúpida y grandilocuente estafa que alguna vez me creí”.

El hombre se da la vuelta y hunde la boca en el vaso de clorofila. Sonríe. Al menos le queda eso.

Relato y Collage (Irrigación) © Oscar Varona