Constantemente vigilado, Robert iba cada vez haciendo menos comentarios, siempre tenía algún soldado cerca para reprimirle y su aspecto empezaba a ser apagado, alguna vez si los soldados dejaban de mirarle, hacía muecas y su representativo gesto de rascar el suelo con los pies, era como un crío.

No sabemos de dónde sacaba esa fuerza, era uno de los que más culatazos recibía en las costillas simplemente por hablar. Pero él con sus gestos conseguía hacernos sonreír, eran sonrisas negras de labios extendidos o bocas torcidas, sin dientes o dientes grises, si quedaban.

Y en los peores momentos surge un día que lo cambia todo, el desenlace de la tragedia… o la esperanza.

Cumplíamos la rutina diaria, había llovido pero eso no era excusa para no entrar en las galerías aunque hubiera una, dos o varias cuartas de agua.

— Bonito día, me recuerda la infancia cuando saltaba en los charcos – dijo Robert al unirse con nosotros en la entrada, (seguía durmiendo en el calabozo de aislamiento). Una vez dentro hizo estiramientos y alardes de deportista por lo que recibió un empujón y cayó. Desde el suelo tuvo que escuchar – ¡Estúpido a trabajar!

El día transcurría.

— ¡Vamos! ¡Cargad esos vagones! ¡Asegurad bien los postes! – Imperaba un soldado; cuando de pronto la tierra tembló, nos quedamos cegados por el polvo, ensordecidos por el atronador desplome de piedras y aturdidos por el quebranto de la gente atrapada entre las rocas. Aun no distinguía nada, solo voces y gritos de dolor. Yo estaba bien, sólo un poco confuso. Por el hueco del montacargas se veía algo de luz, con lo que me pude orientar.

— Fede, Nicolás, Ramón. – Trataba de localizar con quién tenía algo de amistad. — Estoy aquí – distinguí a Fede entre las voces, caminé guiado por su voz hasta que me tocó la pierna, estaba tendido en el suelo con ambas piernas atrapadas entre las rocas cuando apareció Robert.

— Saquemos a éste y ayúdame, ahí delante hay más gente atrapada.

El polvo se fue asentando por la humedad y la lluvia que se filtraba por algunas grietas. Entre Robert y más gente que iba apareciendo, algunos eran soldados, el desastre los había transformado en humanos. Logramos liberar a Fede, Robert estaba organizando y dando órdenes. Los que podían ayudaban a salir a los heridos. Había muertos entre ellos Nicolás y Ramón.

Una vez fuera, frente a la entrada de la mina la escena era escalofriante, personas inertes tendidas en el suelo, huesos atravesando la piel, barro mezclado con sangre, y miradas impactadas. No tengo conciencia de gritos, en un punto de aquel frenesí mi cerebro desconectó. Cero emociones. Cuando me acorde de Robert… ¿Dónde estaba?

La tierra tembló de nuevo y la entrada a la mina era un recuerdo sepultado entre rocas y lodo…

© Harry Koolen | At a shunting with minewagons, gouache on paper

© Harry Koolen | At a shunting with minewagons, gouache on paper