© Oscar Varona | O

Siempre creí que los pelirrojos olían mal. Todos, sin excepción. Hombres y mujeres. No un olor malo en sí, sino fuerte y penetrante. Es algo con lo que crecí, que había aprendido desde pequeño. Se lo había oído decir a amigos y compañeros, a hermanos mayores y parientes: los pelirrojos tienen un olor extraño. Creí que era un mito, una especie de leyenda urbana que no se sostenía, pero yo mismo pude comprobarlo hace algún tiempo, cuando una chica pelirroja se sentó a mi lado en la “matineé” del cine de mi barrio. Yo era un muchacho algo solitario que disfrutaba de aquellos programas dobles en los que las películas eran tan malas que resultaban buenas. La chica, que no tendría más de trece años, se sentó junto a sus horribles amigas a mi lado. No era fea. Todo lo contrario. Su cabello cobrizo refulgía en la oscuridad, y su rostro pálido y pecoso era una imagen constante en mi mente desde que sus ojos grises se cruzaron con los míos. La observaba avergonzado por el rabillo del ojo mientras ella reía y comentaba alguna de las estúpidas escenas de la película. Yo, sin embargo, me hundía cada vez más en mi asiento, intentando pasar desapercibido. Me hubiese gustado hablar con ella, pero entonces lo olí. Emanaba un aroma original, no del todo desagradable, pero sí profundo e insultante. La chica se acercaba a mí con cierto descaro, con la clara intención de llamar mi atención. Yo me apartaba asqueado, tengo que reconocerlo. Sus amigas se reían por mi aparente timidez, pero era su esencia lo que me echaba para atrás. Desconozco si el hedor que despedía se debía a su condición de pelirroja o a una posible falta de higiene. Lo cierto es que, de algún modo, todas aquellas habladurías se quedaron grabadas en mi mente pueril, dándole completa verosimilitud. La niña ondeaba su melena de un lado a otro, reía, se movía inquieta. Y con cada movimiento, una bocanada de potente aroma a algo indefinible llegaba a mi nariz cuarteada por el frío. No pude soportarlo más. Me levanté del asiento y salí del cine con la decepción de no haber podido terminar de ver la película y con la consecuente vergüenza que me producían las risas de aquellas tres muchachas. Podría haberme cambiado de sitio, lo sé, pero no lo hice. Lo podría haber hecho. O me podría haber quedado. Quizá hasta podría haber intentado hablar con ella. Tal vez ahora las cosas serían diferentes. Cuando el “Gordo” abre la maleta que le he traído, mi mente retrocede hasta aquel día. Una esencia del pasado que sale a mi encuentro con la fuerza de un puñetazo en toda la cara. Un recuerdo que creía perdido. El “Gordo” sonríe satisfecho. Una cabellera de mujer, cobriza como un atardecer de verano podrido, sobresale entre los tres pares de pies seccionados que el “Gordo” me ha encargado comprar a Placenta Gómez. Yo sólo soy el intermediario, el que lleva las cosas de un lado a otro. Un don nadie. Los pies vienen con sus respectivos zapatos. La cabellera aún aguanta el cuero cabelludo. Hay sangre seca por todas partes. “Esto es porno del bueno, chaval”, me informa mientras saca a pasear su lengua viscosa por entre sus labios de hígado. “Es ver estos pies y se me pone la polla tan dura como una barra de hierro”. Espero con paciencia a que me dé el dinero acordado. Mientras, el olor intenso de la cabellera me traslada de nuevo a aquel cine de barrio. El “Gordo” revisa la mercancía. Se le ve contento. Esa es una buena señal. Puede significar más dinero, aunque no siempre ha sido así. Saca los pies de la maleta, los coloca con delicadeza sobre la mesa de su salón, y los observa con la mente puesta en su inminente masturbación. “¡Vete!”, ordena sin tan siquiera mirarme. Sólo soy un estorbo en estos momentos para él. “El dinero”, digo. Coge con desagrado la cartera del bolsillo trasero de su pantalón, cuenta un par de billetes y me los da. “¡Ahora, largo!” Me doy la vuelta y salgo del piso sin mirar atrás. La nieve me recibe con la frialdad de un día muerto. Se oye un viejo villancico a lo lejos, como si fuera un sonido fantasmal sacado de un sueño. Arrastro los pies por la acera sin cruzarme con nadie por el camino. Voy dando tumbos, pensando en todo y en nada, arrugado y encogido por el frío intenso que congela mi tuétano. Es el día de navidad y nadie me espera en casa. Es entonces cuando decido ir al cine para refugiarme del mundo y encontrar un recuerdo que jamás volverá.

Relato y Collage “O” | © Oscar Varona