© Oscar Varona | Relato "Todo esta perdido" - Collage 'Era

–El hecho queda resuelto. Igual no es necesaria la ayuda favorable, ni el tiempo, ni la escena cumplida en dos sujetos sobre el encarnado que propicia el azul de una tragedia más –dice el dependiente de la mercería con total ausencia de sentimiento reflejado en su rostro.

–Puede ser. No estoy seguro –contesto sin saber muy bien qué decir.

–El resultado verá partes de duda que conseguirán desesperar toda posibilidad misma de cobarde angustia.

–Y, ¿cómo ha llegado a tal conclusión? –digo siguiéndole la corriente.

–Pensando –sentencia

Me quedo perplejo, sin posibilidad de réplica. El dependiente atraviesa mi cuerpo con su mirada, como si yo no estuviera aquí.

–Hay trece soldados muertos escondidos en la pared –dice señalando con el mentón a su izquierda.

Es suficiente. Ninguna cremallera es tan importante como para soportar semejantes tonterías. Me doy la vuelta y salgo de la mercería sin haber comprado nada. Ni siquiera me despido.

La calle está vacía. Anochece. Una tarde gris de un otoño extraño. Veo sombras que se mueven en una esquina oscura.

– ¡Alto!– grito, sin saber muy bien por qué. Me arrepiento al instante de haberlo hecho. ¿Quién me mandaría a mí salir hoy a la calle?

– ¡Ayúdeme, por favor!– oigo decir. Es una voz femenina que parece reverberar.

Me aproximo un par de pasos pero no veo a nadie.

– ¡Aquí abajo!

El rostro de una mujer emerge de la oscuridad de una boca de tormenta situada a mis pies. Piel blanca. Ojos grandes. Mirada perdida, asustada. Los labios temblando.

– ¿Qué hace ahí? –pregunto sorprendido.

–No lo sé. Me he despertado aquí. No comprendo nada.

–Llamaré a alguien. No se mueva.

– ¡No, por favor! ¿No puede usted sacarme?

–Lo veo difícil.

– ¡Haga algo, por favor! ¡Las ratas empiezan a morderme los tobillos!

Me llevo la mano a la barbilla de manera inconsciente. Pienso. El hueco es tan estrecho que ni tirando podría liberar a la mujer.

–Es inútil. No cabe por ahí –digo.– Déjeme llamar a alguien.

–No. Por favor, no insista. No quiero armar ningún escándalo.

– ¿Escándalo? Está atrapada en las cloacas. El escándalo es lo de menos.

–Hágame caso. Se lo ruego.

– ¿Cómo se llama?

– ¿Acaso importa?

–No. Sólo preguntaba –silencio.– Es extraño…

– ¿El qué?

–Todo esto. ¿No recuerda qué hizo antes de aparecer ahí?

–Me eché una siesta –dice entre sollozos.

– ¿En su casa?

– ¿Dónde si no?

–Y, ¿cómo ha terminado metida en una boca de tormenta?

– ¡No lo sé!

–Alguien ha debido de hacerlo.

– ¡Da igual! ¡No importa! ¡Sólo sáqueme de aquí!

– ¿Y si llamo a la policía?

– ¿Está sordo? ¡No quiero que llame a nadie!

–No tiene sentido. ¿Cómo quiere que la saque sin ayuda?

– ¡No lo sé!

– ¿No sabe decir otra cosa? ¿Acaso sabe algo de algo?

– ¡Por favor! ¡Las ratas me van a comer viva! ¡Haga lo que sea!

–Sí, tiene razón. Tengo muchas cosas que hacer. Me voy.

– ¡No se vaya! ¡Ayúdeme, por favor! –la mujer comienza a llorar.

–A ver… Deme la mano. Haga fuerza usted también. Intentemos solucionar esto lo antes posible. Tengo que coser una cremallera. ¿Preparada?

–Sí.

– ¡Ahora!

Tiro con todas mis fuerzas. Cierro los ojos, pero la veo intentar sacar la cabeza por la ranura poco antes de hacerlo. Rechinan los dientes. La oigo gemir, quejarse. Me apoyo con los pies en el bordillo de la acera y dejo caer mi cuerpo hacia atrás para hacer más fuerza. Me crujen los huesos. ¿O son los suyos? Caigo de espaldas al suelo. En mi mano la suya. El resto del cuerpo permanece dentro de la boca de tormenta. La oigo gritar. Me levanto del suelo y tiro asqueado su extremidad lo más lejos posible.

– ¡Ayúdeme! –grita presa del dolor y la impotencia.– ¡Me ha arrancado la mano!

– ¡He de irme! ¡No puedo demorarme más!

– ¡No se vaya! ¡No puede dejarme! ¡Ahora no!

–Me gustaría quedarme, pero…

– ¡Me ha arrancado la mano, pedazo de cabrón! –insiste la mujer con el rostro completamente congestionado.

– ¡Lo siento! ¡Que no se diga que no lo he intentado!

– ¡Sáqueme de aquí! –aúlla desesperada

–Prometo llamar a alguien. Confíe en mí.

Salgo corriendo tan rápido como mis pies me lo permiten, sin mirar atrás, sin arrepentirme. Los gritos de la mujer se diluyen distorsionados hasta apagarse por completo.

Cuando llego a casa veo el pantalón con la cremallera rota descansando en el mismo sitio donde lo dejé. Sé que olvido algo. Algo importante. Da igual. Bajaré a la mercería mañana. Lo malo es que ese hombre me pone tan nervioso…

***
Relato (Todo está perdido) y Collage (Era) © Oscar Varona