© Oscar Varona | makes me drink even more

Una mujer en mitad de la nada. Sus piernas están hundidas en un agua cenagosa que lentamente va engullendo su cuerpo sin que ella se dé cuenta. Alrededor, el vacío oscuro de un campo yermo. Nadie. El abandono. La mujer mueve su boca de forma exagerada mientras pronuncia improperios hacia personas que no están a su lado. Carece de ojos y de orejas. No los necesita. Nunca los utilizó. Desaparecieron por el desuso, al mismo tiempo que su boca, completamente maquillada, se fue agrandando hasta cubrir la práctica totalidad de su rostro. El pelo lacio se precipita sobre sus hombros caídos. Intenta dar una imagen de seguridad, pero el movimiento nervioso de su cuerpo la delata. Agita los brazos de arriba a abajo, lanzando de vez en cuando un dedo acusador hacia un enemigo invisible que cree cerca. Pero no puede oír los pasos de nadie, ni puede ver que está completamente sola. Ni siquiera se percata de que el fango está cubriendo sus rodillas y poco a poco va conquistando el resto de sus piernas. Tiene los sentidos atrofiados porque siempre le dio demasiada pereza utilizarlos. Prefirió quedarse con su escaso y fragmentado espacio interior, porque lo de fuera siempre ha dado mucho miedo. “Yo no he hecho nada… Todo es culpa vuestra…” Repite de forma constante como si fuera un mantra que hace tiempo terminó por creerse. “La culpa… es vuestra… Yo no he hecho nada…” El viento golpea suavemente su rostro, moviendo su pelo graso. Cree que alguien le habla e intenta golpearlo, pero se encuentra con el vacío. Se lleva las manos a la cabeza presa de la frustración. Se pregunta si alguien la escucha, pero en realidad le da lo mismo. Lo único que importa es su propio discurso, mantenerlo vivo y perpetuo, pues el silencio es posible que le haga pensar. Opiniones hay muchas, la suya es la única y verdadera. “Culpables… No sabéis por lo que tengo que pasar, lo que tengo que vivir… Os importa una mierda… Porque sois asquerosos… Todos vosotros… Da igual quienes seáis… Da lo mismo lo que queráis decirme… Todo es mentira… Queréis que sufra, engañarme, hacerme la vida imposible… No tenéis ni idea de lo que tengo que sufrir todos los días… Porque este dolor es insuperable, nadie más lo ha sentido y jamás lo hará…” Y mientras sigue hablando, el fango ha alcanzado su cintura y siente algo de frío. Su cuerpo se arruga, tirita. Se pondría a llorar si tuviera ojos, pero no puede. Entonces maldice el haberlos perdido. Le gustaría saber dónde está y con quién. También extraña oír una voz familiar, pero el sentimiento dura apenas un segundo en su cerebro carcomido por el infortunio. “Dejadme en paz… Si tan mal lo hago, no me habléis… Olvidad que existo…” Pero nadie la escucha, ni siquiera ella misma. Sólo oye la voz constante que se aloja en su interior; una voz que es mezcla de muchas y de ninguna, de todas aquellas que intentó silenciar mientras se alejaba cada vez más hacia este paraje sacado de alguna de sus pesadillas. “¡Qué raro!…” piensa. “De niña no podía dormir sin una luz encendida. Ahora vivo en la más completa oscuridad.” Y entonces, una chispa se ilumina en su cerebro, algo parecido a la nostalgia. Piensa en su infancia y llega a la conclusión de que tampoco estuvo tan mal. Sí, hubo momentos malos, y personas que podrían haberlo hecho mejor. Pero… Desecha el pensamiento. No quiere seguir pensando. Al menos no en eso. Tiene dentro demasiado rencor como para esconderlo en pensamientos ingenuos y equívocos. “Ellos fueron los culpables de que mi infancia fuese terrible… Ellos… Sólo ellos… Mi juventud… Mi madurez… Siempre ellos… Y los otros. ¡Oh, sí, los otros también!… Y aquellos… Desde luego, aquellos también… ¿Y quién más?… Podría enumerarlos, señalar sus rostros… Si pudiera ver… Porque están cerca… No les veo, pero están cerca… No quieren otra cosa que verme sufrir, hacer de mi vida una tragedia griega… Aunque no sepa muy bien qué es eso… Ni siquiera sé qué quiero decir… Pero eso no lo puedo afirmar, al menos en voz alta… No puedo hacer que noten mi debilidad… No puedo dar mi brazo a torcer… Está oscuro y llego tarde a algún sitio…” El fango sube por su pecho. La voz le tiembla. La boca, esa enorme boca pintada que enseña unos dientes grandes y blancos que resaltan en la penumbra del ambiente, se mueve, se estira, se encoge, no para quieta. “…llego tarde…” Nota el miedo apoderarse de sus nervios. No es la primera vez. De hecho no ha dejado de sentirlo desde que de noche tenía que dormir con la luz encendida porque algo malo se escondía en las sombras o debajo de la cama. Siempre hubo algo. “Sus opiniones capciosas, falsas, con el único propósito de hacerme sentir mal… Pero me protegí… Supe cómo hacerlo… El infierno son los otros… Alguien me dijo eso alguna vez… O lo leí… No, no lo leí… No tenía ojos… Nunca lo entendí… Nunca supe nada…” El agua cenagosa cubre su boca y sigue subiendo. Aun así, no deja de hablar, aunque su charla infinita se convierte en un amargo murmullo burbujeante. Le entra agua. Tiene que parar, detener su verborrea. Es entonces cuando piensa. Y según avanza hacia un destino incierto pero insalvable, el miedo le hace ver cosas que nunca ocurrieron. ¡Oh, y en el último segundo, antes de dejar de respirar, una imagen cualquiera de un momento pasado, le hace esbozar una triste sonrisa!

Relato y collage (makes me drink even more) © Oscar Varona