© Oscar Varona | Words are killing me | Relato - Tenemos que hablar de Ana-001

Pretendo ponerme a escribir, aunque es media mañana y los niños y mi mujer se han ido para nunca más volver. Odio escribir a media mañana. Siempre he preferido hacerlo por la noche, cuando nadie puede molestarme. Me siento frente a la vieja máquina de escribir, heredada de algún usurero bastardo que me la cedió a cambio de mi alma. Como no creo en la supervivencia del alma después de la muerte, accedí de buen grado y  además le di al hombre los dos cigarrillos que aún me quedaban en el paquete. “Es agradable hacer negocios con usted”, dijo antes de darse la vuelta y marcharse silbando una alegre melodía. Yo, por el contrario, cargué con esfuerzo esta bestia de hierro por toda la calle Hortaleza hasta que cogí un taxi por pura negación. Ahora que me siento y me presento ante la máquina de escribir, oigo cómo me susurra de forma fantasmal extractos de escritos que alguna vez leí. ¿Para qué? No plagiaré a no ser que sea del todo necesario. Mucho tiempo sin escribir. Mucho tiempo. Veo mis ropas manchadas de sangre y parte de mis brazos. Puede ser que la noche anterior cometiera un par de locuras. Salí y, ya se sabe… uno bebe, se emociona, riñe con cualquiera, coge un coche y se estampa contra el primer grupo de jóvenes que ve. Lo típico. Ya me lo dijo Ana, mi mujer: como sigas así, un día te dejaré. Y lo ha hecho. Y se ha llevado a los niños, los cuales no tienen culpa de nada. Pobres. En fin, que no puedo ponerme a escribir con toda esta sangre. Me quito la ropa y la echo a lavar. No sé si las manchas se irán a la primera. En otras ocasiones he tenido que poner la lavadora hasta tres veces seguidas. Un amigo mío me aconsejó que utilizara lejía, pero no quiero estropear la única camisa decente que me queda. Suena el teléfono. Lo cojo. Una voz femenina y aguardentosa me dice en susurros: “Tenemos que hablar de Ana”.  Yo no quiero hablar de mi mujer, así que cuelgo antes de que diga alguna tontería más. En la ducha, son innumerables las imágenes que me vienen a la cabeza, la mayoría sin sentido. Desecho gran parte de ellas y apunto mentalmente otras para futuras masturbaciones. Salgo. Aún no me he secado el pelo, cuando suena el timbre de la puerta. Me pongo una camiseta sin darme cuenta de que tengo los genitales al aire. Abro. Es mi primo Hugo, o eso dice, porque nunca he conocido al que se supone que es el hermano de mi padre. Ni sé si existe. Bien podría tratarse de un farsante que se hace pasar por un pariente mío, aunque nunca me he planteado averiguarlo.

-¡Hola! –dice levantando la mano. Le faltan tres dedos y tiene el rostro desfigurado. Puedo ver parte del hueso de su mandíbula asomar por una herida sangrante que enseña también una pequeña porción de lengua y alguna muela.

-¿Qué te ha pasado? –le pregunto mientras abro más la puerta para que pase.

-Me he peleado con mi perro.

-¿Y quién ha ganado? –pregunto con curiosidad.

-Yo –dice y baja la mirada.

-¡Vaya, lo siento! ¿Quieres un café?

-No, gracias. Oye, tenemos que hablar de Ana.

-¡Qué cojones pasa con Ana! ¿Por qué todo el mundo quiere que hablemos de ella?

-Se ha ido.

-Sí, eso es lo que me ha dicho.

-¿La has visto?

Niego con la cabeza.

-¿Cómo sabes entonces que se ha ido?

-Bueno… Ni ella ni los niños están en casa.

-¿Los niños tampoco?

Vuelvo a negar con la cabeza.

-Entonces, ¿no sabes nada? –pregunta ceñudo.

-¿Nada de qué?

-Tengo que irme –dice con repentina prisa.

-Hugo, ¿nada de qué? -insisto

-Ya nos veremos. Adiós –dice cortante antes de abrir la puerta y salir corriendo como si alguien le persiguiera. Pero nadie le persigue, ni intención alguna tengo de hacerlo.

Todos quieren hablar de Ana, pero yo no quiero hablar de ella. Sólo quiero escribir, o hacer que escribo. Porque nunca he escrito una sola línea. Nunca. Siempre hay cosas más importantes que hacer antes. Como hoy, sábado, a media mañana. Vuelve a sonar el teléfono de forma insistente. Lo ignoro. Me dirijo al cuarto de estar, donde descansa impasible la vieja máquina de escribir. Miro a mi izquierda. Me paro. Entonces, cojo una foto de los cuatro juntos, mi mujer, mis hijos y yo, y mientras la miro, rompo a llorar.

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Relato (Tenemos que hablar de Ana) y Collage (words are killing me) © Oscar Varona