En determinadas circunstancias el ser humano se transforma, 10 horas de trabajo en una mina oscura, respirando polvo de carbón, expuesto a gases letales y hundimientos, llevan el instinto de conservación al extremo. La comida era escasa y el descanso en literas con colchones que parecían hechos con piedras no solo castigaban el cuerpo, sino a su vez la mente. Con una excepción, el americano. Robert era un tipo rubio, apuesto y con flequillo, de carácter indómito, cruzó el charco huyendo de las mujeres, (le gustaba contar), cuando se enteraron que tenía varias aventuras.

Recuerdo su llegada entre tantos días monótonos porque nada más aparecer se hizo notar, estábamos en la zona de descanso, una explanada situada frente a los barracones, con algunos bancos y a la vista de las seis torretas de vigilancia y diferentes puestos de guardia. Robert fue apartado de los demás presos nada más bajar del vagón, iba maniatado y llevado a empellones, en uno de esos tropezó y se levantó impetuoso, haciendo como si fuera un toro, rascó el suelo con los pies haciendo como si fuera a embestir a los guardias. Mientras el resto de presos caminaban por detrás con la misma cara de desconcierto que lucíamos nosotros el primer día, mirando unos a otros.

—¡Vamos chicos, seguro que no se está tan mal aquí! – vociferaba mientras lo llevaban hasta la cabaña del fondo, el despacho del capitán. – Me deben estar preparando una cálida bienvenida – continuaba él con su espectáculo, mientras el resto de presos eran registrados y asignados a los barracones.

Al siguiente día a primera hora Robert salía del despacho, algo más suave camino de la mina acompañado por dos soldados. Parecía relajado pero según nos adentrábamos en la oscuridad de la galería espetó -¿quién morirá hoy antes? ¿Uno de nosotros o ese lindo pajarito de la jaula? A veces su sentido del humor se podía cuestionar, pero él, cambió la vida a muchos de los que ya solo aguardábamos nuestra hora final.

© Valerie Ganz | Cynheidre Colliery

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