LA-S

La conocí una noche de verano mientras caminaba solitario y sin rumbo fijo por las calles del pueblo. Golpeaba con un palo, de forma arrítmica y con cierta rabia juvenil, las vallas de madera que rodeaban las casas del vecindario. Iba pensando en todo y en nada, harto de aquella vida aburrida que parecía ahogar mi existencia. Fumaba despreocupado un cigarrillo que le había quitado a mi padre, notando el calor arder en mis vírgenes pulmones. Entonces, la vi apoyada en la puerta de su casa observándome. La luz de la entrada, situada a su espalda, le daba un aspecto fantasmal, lleno de claroscuros, como salido de un sueño. La saludé tímidamente y ella sonrió. No sé por qué lo hice. Ni siquiera la conocía. Fue puro instinto. Yo no tenía ganas de volver a mi casa y ella se moría por salir de la suya. Hacía demasiado calor como para encerrarse entre cuatro paredes. Paré mis pasos. Los grillos cantaban monótonas melodías que hacían más soporífera la noche. Aparte de eso, nada más se oía en la calle. Ella se acercó con paso lento hasta donde yo estaba. No perdió la sonrisa en ningún instante. Me enamoré de ella nada más verla. Le propuse dar una vuelta y accedió. Agachó la cabeza ruborizada y comenzamos a andar. Caminamos hasta las afueras del pueblo sin apenas intercambiar palabras, aunque sí miradas. Cuando la calle se hundió en la oscuridad del campo, nos detuvimos y miramos atrás. No quería volver a aquel lugar. Deseé que la noche fuera eterna. Sé que ella pensó lo mismo.

“El camino se ha terminado”, dijo ella.

“Todavía queda carretera”, comenté.

“Sí, pero está oscuro y es tarde”, dijo ella mirando al frente.

“Hay más sitios aparte de este”, dije.

“Sí”, confirmó.

“Lugares a los que ir”, dije

“Otros rincones que explorar”, añadió ella.

“Huir”, dije.

“Lejos de aquí”, dijo ella.

“No quiero volver. No puedo volver”, anuncié.

“Me gustaría no tener que regresar jamás”, dijo ella.

“Desaparecer”, dije.

“Para siempre”, concluyó.

“Podríamos robar un coche”, propuse.

“Huir lejos de aquí”, dijo ella como en trance.

“Robar un coche. Recorrer los caminos”, dije.

“No volver jamás”, dijo ella mirándome a los ojos.

“Hay muchas cosas que ver”, dije.

“Lugares donde esconderse”, dijo ella.

“Donde poder ser”, dije.

“Hagámoslo”, dijo ella.

“Sí, hagámoslo”, susurré.

“Hay mucho camino por delante”, dijo ella.

“Muchos rincones a los que escapar”, dije.

“Hagámoslo. Robemos un coche”, volvió a decir.

“¿Lo dices en serio?”, pregunté preso de un nerviosismo extraño.

“Vámonos de aquí. Huyamos tan lejos como podamos”, dijo esbozando una sonrisa mágica.

“¿Qué nos ata aquí?”, pregunté.

“Exacto”, dijo ella.

“Exacto”, añadí yo.

“Abandonemos este lugar. No miremos atrás”, dijo ella.

“Apenas me conoces, y yo no sé ni cómo te llamas”, dije.

“¿Qué importa? Estamos los dos solos”, dijo ella.

“Solos los dos”, dije.

“Nadie más”.

“¿Estás segura?”, pregunté sintiendo los nervios aflorar en la boca de mi estómago.

“Los dos solos”.

“No necesitamos a nadie más”, comenté.

“No queremos nada más”, dijo.

“Solos los dos”, repetí.

“Vamos”, dijo, y me agarro la mano con suavidad, tirando de mí hacia el pueblo.

“Espera”

“¿Qué ocurre?”, preguntó extrañada.

“Nada”, dije.

“Hay que robar un coche, huir de aquí”, dijo.

“La verdad…” comencé a decir.

“¿Qué pasa?”, preguntó frunciendo el ceño.

“No sé conducir”, contesté avergonzado.

“¿No sabes conducir?”, preguntó extrañada.

“No, no sé conducir”, contesté y ella soltó mi mano.

“¿De verdad que no sabes conducir?”, insistió.

“No”, contesté.

“No podemos robar un coche”.

“Es imposible huir”.

“¿Tienes dinero?”

“No”, contesté palpando los bolsillos del pantalón.

“¿Nada?”, preguntó.

“Ni un billete…”

“Nada…”, dijo.

“No tengo dinero. No sé conducir”

“Pero tenemos todo el camino por delante”.

“Es tarde. Está oscuro. No sé conducir”.

“Mi padre tiene una bicicleta”, comentó.

“Tampoco sé montar en bici.”

Ella rio. Entonces, su risa no me pareció tan bonita.

“¿En serio?”, preguntó aún riendo.

“Palabra”.

“No me lo puedo creer. ¿Cómo puede alguien no saber montar en bici?”

“Tuve una infancia difícil”, contesté.

“¿Te pegaban tus padres?”, preguntó visiblemente aburrida.

“Continuamente. ¿Ves este agujero que tengo aquí?”, dije agachando la cabeza y señalando una parte de mi cráneo.

Ella suspiró, se cruzó de brazos y miró hacia la oscuridad.

“Aún queda mucho camino por recorrer”, dijo.

“No tengo dinero. No sé conducir”, dije y me incorporé.

“Muchos lugares a los que ir”, comentó

“No sé montar en bici”, dije.

“Podríamos ir andando”, propuso.

“Se hace tarde, está oscuro”, dije.

“Andar hasta el próximo pueblo”, dijo ausente.

“Es posible que nos perdamos”, dije.

“Entonces, pensaremos qué hacer”, dijo.

“Está oscuro”, dije

“Sólo quiero salir de aquí”, dijo apenada.

“Yo sólo quiero estar contigo”, dije bajando la cabeza.

Ella me miró y vio algo en mí que no le gustó.

“Me voy a casa”, dijo enfilando el camino de vuelta.

“¡Espera!”

Se detuvo.

“¿Qué quieres?”

Me quedé en silencio mientras ella esperaba una respuesta. No sabía qué decirle. Me miró con ojos cansados. Su cuerpo despedía calor y hastío. Enmudecí comprendiendo la clase de persona que yo era.

“Nada”, conseguí decir en un susurro.

Ella suspiró y siguió andando.

La vi alejarse. Sólo pude hacer eso. Hasta que desapareció. Entonces cogí un palo del suelo y volví al pueblo sabiendo que jamás saldría de allí.

Relato y collage (La S) © Oscar Varona