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Sueño que sueño que alguien ha muerto.

Me despierto sobresaltado, con la horrible sensación de tener el contenido de mi estómago en la garganta. Lucho como puedo por frenar el vómito inminente que amenaza con salir a presión. La cabeza me da vueltas. Consigo con no poco esfuerzo que el jugo estomacal vuelva a su sitio.  Un horrible sabor a ácidos mezclados con la gran cantidad de alcohol ingerida esta noche se aposenta en mi boca.

-¿Se encuentra bien? –pregunta alguien.

Miro alrededor. Por unos segundos soy incapaz de saber dónde estoy. Los ojos me arden. Mi cuerpo exuda sudor etílico. Estoy sentado en la parte de atrás de un coche. Hay un hombre tras el volante conduciendo con aparente tranquilidad. Supongo que es quién me ha preguntado si estoy bien. Sólo lo supongo. Entonces me doy cuenta de que estoy en un taxi camino de casa.

Bajo la ventanilla y dejo que el viento fresco de la noche golpee suavemente mi rostro entumecido. El taxista me observa a través del espejo retrovisor. No le veo, pero siento su mirada preocupada posarse en mí. Cierro los ojos, aunque de inmediato los vuelvo a abrir al sentir una nueva y amenazante arcada.

-¡Eh, amigo! ¿Está bien?

Controlo la náusea y me relajo por unos instantes. Parece que el viento me produce un efecto beneficioso. Vuelvo a cerrar los ojos sin que el mundo entero se ponga a dar vueltas. El estómago se asienta. La respiración se relaja.

-Sí –digo en un balbuceo imperceptible.- Perfectamente.

Me cuesta articular cualquier palabra. Rezo para que el taxista no quiera tener una de esas conversaciones estúpidas para pasar el tiempo. Es lo último que necesito. Sólo quiero descansar un rato y llegar cuanto antes a casa.

El taxi se desliza silencioso por la autopista mientras las luces se suceden con ritmo pausado e hipnótico sobre el vehículo. La tranquilidad es tan aburrida y sinuosa que invita al sueño. Me fijo en el taxista. Es un hombre de aspecto remilgado. Gafas de pasta que pretenden ocultar un rostro enjuto y anodino. No pasará de los cincuenta años.

-Oiga, –comienza a decir- no quiero ser pesado, pero si se encuentra mal y tiene ganas de vomitar, dígamelo, por favor. No me importa parar, pero intente no hacerlo en el coche.

-No, no se preocupe –digo tratando de parecer convincente.- Ya se ha pasado.

-¿Seguro?

Hago un gesto extraño con la mano y esbozo una sonrisa inquietante que pretende tranquilizar a mi interlocutor, pero que, sin duda, consigue todo lo contrario.

-Parece que se ha divertido esta noche –comenta el taxista con tono monótono.

-La verdad es que… No recuerdo… Sí, creo que sí.

-A mí también me gusta divertirme de vez en cuando –compruebo con disgusto que el hombre tiene ganas de charla.- Ya lo creo que sí.

De repente, unos fuertes golpes provenientes del interior del maletero del coche me hacen dar un salto en mi asiento.

-¿Qué…. cojones… es eso? –pregunto asustado.

-Lo malo es que no puedo hacerlo tanto como quisiera. Ya sabe, el trabajo, la familia… –dice el taxista con pasmosa tranquilidad.- Es lo malo que tiene.

Los golpes se repiten. Miro sorprendido al taxista.

-Oiga, ¿no escucha unos ruidos?

-¡Y las mujeres! Veo a cada una sentada donde está usted… Parece que van provocando, que van pidiendo guerra. Y uno no es de piedra ¿sabe? Y, como ya le he dicho antes, a todo el mundo le gusta divertirse de vez en cuando. ¿No es cierto?

-S-s-supongo.

-¿Lo ve? Es lo que siempre intento decirle a mi esposa, pero no lo comprende. Nunca me comprende. ¿Está usted casado?

Más golpes intensificándose en potencia.

-¡De verdad, creo que pasa algo raro en su maletero! –advierto elevando el tono para que el taxista me haga caso.

-Tranquilo. Está todo controlado.

-¿Controlado? ¿Qué está controlado? –pregunto alternando la mirada entre el conductor y la parte de atrás del coche.

-¿Por qué está tan nervioso? ¿Se encuentra bien?

-¡Pero… algo o alguien está golpeando el maletero! ¿No lo oye?

-¿Está usted casado? –insiste el taxista obviando mi advertencia.

-¿Qué? –suelto un chillido al notar que algo aporrea la parte trasera de mi asiento.

-¿Qué si está usted casado?

-N-no… O sí… Lo estuve… Creo… recordar.

-Oiga, perdone que le diga, pero no tiene usted muy buen aspecto. ¿Quiere que pare? –pregunta el taxista con expresión preocupada reflejada en el espejo retrovisor.

-S-sí, s-sí, por favor –imploro, pero el hombre continúa el viaje y la charla como si no me hubiera escuchado.

-Yo estoy casado. O eso dice mi mujer –suelta una sonora carcajada que hiela mi sangre- ¿Tiene hijos?

-No –más golpes, cada vez más violentos, cada vez más persistentes. Me parece oír quejidos ahogados.

-No los tenga –advierte el taxista.- No traen otra cosa que problemas. Aunque al final se les termina cogiendo cariño. Qué se le va a hacer, ¿verdad?

-S-sí, qué se le va a hacer –esbozo una sonrisa nerviosa. No sé cómo sentarme. Los golpes van y vienen.

-A veces me pregunto por qué tuve que casarme. ¡Si yo era feliz estando soltero! Y ya me ve, con un trabajo de mierda, una hipoteca a la espalda y una familia a la que alimentar. ¿Y para qué? Nadie te agradece nada. No digo que tengan que estar todo el día diciéndome lo buen padre o marido que soy, pero, joder, algún detalle de vez en cuando no estaría mal.

Sea lo que sea lo que hay en el maletero, parece que su paciencia se está acabando. Los quejidos, ahora se hacen más audibles. Parecen gruñidos de animal, murmullos ininteligibles mezclados con llantos. ¿Hay alguien llorando ahí dentro? Debe de ser un perro. Sin duda lo es. Pero, ¿por qué tendría alguien metido un perro en su maletero? Más golpes intentando abrir cualquier puerta de escape. Debería hacer algo, pero ¿el qué?

-El otro día llevé a un tipo que no paraba de sangrar. Se había metido tanta droga que su nariz había explotado. ¡Como se lo cuento! ¿No me cree? Tenía un asqueroso agujero en mitad de la cara que no dejaba de soltar sangre. Como un cerdo. Le dije que si le llevaba al hospital, y el muy cretino me dijo que no, que le llevara a casa, que al día siguiente se encontraría mejor. Mejor… ¡Con un puto agujero por nariz! Si es que… Lo que hay que ver.

-¿Tiene un perro metido en el maletero o algo así?

-Si yo le contara… -Ríe.- Un puto agujero en mitad de la cara.

-¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? –pregunto en voz alta, pero me lo planteo a mí mismo.

-¿Durmiendo? ¿Quién le dice a usted que no lo sigue haciendo? –contesta el taxista con voz cavernosa, y vuelve a reír.

El respaldo de mi asiento comienza moverse por los golpes provenientes del maletero.

-¿Es esto un sueño? –digo entre susurros.

-Sea lo que sea ya estamos llegando –anuncia el hombre.

Salimos de la autopista. No hay coches. El taxi se mete por una calle oscura para después girar hacia la derecha. Todo parece muerto, como si el mundo entero hubiera caído en una especie de sueño eterno.

-Hace tiempo, cuando era más joven, hice algunas cosas horribles –comenta el taxista.- Supongo que todos las hacemos en un momento dado, pero ¿a quién no le gusta divertirse de vez en cuando? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh? ¿A que sí?

-Supongo.

-Supone, ¿eh? –Silencio.- Sí, supone.

-Oiga, déjeme por aquí.

-¿No es más adelante? –pregunta sorprendido el taxista. Los golpes se hacen continuos y ya no puedo soportarlos.

-Sí, pero no importa. Me vendrá bien andar un poco –miento intentando abstraerme del ruido.

-Bueno, como usted quiera –dice mientras se echa a un lado de la carretera y detiene el coche.

Pago al taxista y salgo tan rápido como puedo. No espero ni por las vueltas.

El frío me devuelve cierta sensación humana que había perdido. Camino despacio por la calle vacía. Juego con las llaves que tengo en el bolsillo. El ruido de mis pasos erráticos reverbera en la noche. Me acerco hasta un coche que supongo es mío, o recuerdo que era mío. Saco las llaves del bolsillo y las observo con detenimiento durante unos segundos. Me ajusto las gafas de pasta que resbalan por mi nariz abajo. Meto una de las llaves en la cerradura del maletero y lo abro.  Para sorpresa mía, o no, lo que me encuentro es lo siguiente.

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Relato (No mires) & Collage (Dimensiones) © Oscar Varona