vertigo © Oscar Varona

Me gusta regar las amapolas de mi jardín con la sangre de mi menstruación, es algo que llevo haciendo desde hace dos  años, desde el mismo instante en el que aprendí que dando lo que más posees, nadie jamás te lo agradecerá, así es y así será, las amapolas parecen saltarse este axioma y, agradecidas, cantan ópera todas las mañanas desde el jardín de mi casa, tampoco estoy segura de que esto sea mi casa, sus aterciopelados cantos amenizan mi soledad, haciéndola más factible, lo cual no deja de ser irónico, pues es esta soledad que me amarga, la misma que me da la vida, y me siento frente al televisor apagado, atuso mi pelo y veo en la pantalla negra aquellos recuerdos que intenté  esconder, aquel verano de 1986, sentada en el borde de una piscina vacía, abandonada en mitad de ninguna parte, con las piernas colgando y una caña de pescar entre mis manos, la cabeza seccionada de un conejo como cebo para cualquier personaje obtuso que pasara por allí, pero nadie picaba y durante horas vi caer la tarde de un verano no demasiado caluroso, apacible y sereno que se extendía hasta el infinito, fue entonces cuando me di cuenta de la presencia de un hombre trajeado en el fondo de la piscina vacía, y durante unos segundos pensé que era atractivo, pero después noté un escalofrío recorrer mi espalda, sentí miedo, quise levantarme, pero algo me lo impedía, deseaba ver qué iba suceder a continuación, saber que podía pasarme algo, el hombre daba vueltas sobre los azulejos de la piscina mirando de vez en cuando hacia arriba, no sé si con la intención de admirar mis piernas desnudas o de averiguar qué era aquello que había puesto de cebo y que las moscas estaban devorando, no decía nada, parecía ponerse cada vez más nervioso, sus movimientos erráticos delataban un infierno de pensamientos en su cabeza, aun así me gustaba el corte de pelo que llevaba y la mirada negra que sus ojos poseían, entonces se puso a saltar y a intentar coger la cabeza de conejo sin conseguirlo, cada vez que lo hacía profería sonoros bufidos más propios de un animal que de un hombre, pasados unos minutos dejó de intentarlo, apoyó las manos en sus rodillas y respiró profundamente, “si no bajas un poco más la caña jamás podré coger el cebo”, dijo con esfuerzo entre resuellos y silbidos, “no pretendo que nadie lo coja, no quiero pescar, quiero cazar”, contesté con cierta desgana, “entonces, ¿para qué lo has puesto?”, preguntó el hombre aun recuperando el aliento, me levanté, sacudí el polvo de mi falda tableada y recogí el hilo de pescar y el cebo, “¡no tengo tiempo para juegos!”, gritó el hombre desde el fondo de la piscina poniendo las manos en la boca a modo de altavoz, “¡baja aquí ahora mismo!”, profirió con rabia, sudaba, su lindo peinado se estaba arruinando, sus dientes asomaban amenazantes por entre sus labios, me alejé un par de pasos del borde de la piscina, los suficientes como para desaparecer de la vista del hombre, se puso a gritar como un loco, decía cosas incongruentes, su deseo reprimido se había convertido en rabia incontrolable, sabía que podía pasarme algo malo, algo horrible, pero ¿no era ese mi propósito cuando me senté a pescar en aquella piscina sin agua?, agarré con las dos manos la piedra de gran tamaño que había preparado horas antes, era un juego, uno de esos juegos de verano que a veces me inventaba, me asomé al borde de la piscina y allí estaba el hombre con los ojos encendidos, echando chispas, agarrando con desagrado su entrepierna, “¡te he dicho que bajes ahora mismo!”, gritó mientras su garganta se desgarraba, alcé la piedra por encima de mi cabeza y la dejé caer, algo crujió allí abajo, algo se rompió en mi cerebro, eché un último vistazo y puedo decir que la imagen me gustó, la estoy viendo ahora mismo en la pantalla del televisor apagado, el silencio dio paso al sonido monótono de los grillos, un chotacabras cantó a lo lejos, me sacudí las manos, cogí la caña de pescar y enfilé el camino a casa sin saber muy bien si aquel era el camino que quería recorrer y sin ser consciente de que nunca llegaría a casa.

Relato y Collage (“Vertigo“) © Oscar Varona