© Oscar Varona | naked lunch

Nico quiere una galleta, pero hoy no llevo ninguna en el bolsillo. Palpo mi chaqueta ante la mirada distraída del niño sin encontrar nada de interés: un chicle mordido, un billete de autobús, la foto-carnet de alguien a quien no conozco… Nos metemos en una tienda de comestibles, pero el niño no parece nada contento. Todo lo contrario, se le ve aburrido y con ganas de irse. Parece querer llegar cuanto antes al colegio, no sé por qué. Le digo al tendero, si es que aún se pueden llamar así a los que trabajan en las tiendas de comestibles, que me dé un bollo de esos que rebosan chocolate y crema industrial. El hombre, un cincuentón de barriga prominente, olor a sudor rancio y ojos maliciosos, me observa durante un par de segundos antes de coger el bollo y dejarlo encima del mostrador. “¿Quién es usted?”, pregunta. A nuestro alrededor, los chavales entran y salen de la tienda antes de correr a clase. “Soy el señor Huberty. Hace tiempo hice cosas importantes en setenta y siete minutos. ¿Ha oído hablar de mí?” El hombre niega con la cabeza. Su rostro pétreo amenaza lluvia. “Seguro que sí”, afirmo. El tendero permanece en silencio. Observa a Nico, después a mí. “¿Es suyo el chico?”. No puedo reprimir la risa. “El chico no es de nadie”, digo, “¿cuánto es el bollo?” Dejo el dinero en el mostrador y salgo de la tienda. A los pocos segundos me doy cuenta de que me he olvidado al chaval. Me doy la vuelta y le veo en la puerta de la tienda mirándome cabizbajo, asustado. “Lo siento”, digo. “No volverá a pasar”. Le doy el bollo y cojo su cartera. Vamos andando con cierta tranquilidad hacia el colegio, mientras decenas de niños y niñas nos acompañan. Unos ríen y corren; otros, como Nico, no dejan de bostezar aburridos. Algunos van acompañados de su padre o madre; otros, sencillamente, van solos. “Siento haberme olvidado de ti en la tienda. Lo siento de verdad”, digo con sinceridad. Nico come ausente el bollo pringoso. No dice nada. Es un niño de pocas palabras. Sé que hubiera preferido una galleta, pero hoy se me han olvidado ¿en casa? “Yo también me perdí una vez. ¿No te lo he contado? Así es, en un supermercado de esos que tienen varias plantas. ¡Menudo susto les di a mis padres! Tendría más o menos tu edad. ¡Dios, qué miedo pasé! Creo que fue el día que más miedo he pasado en toda mi vida. No… No fue ese. Ni siquiera recuerdo haberme perdido. El día que más miedo he pasado en toda mi vida fue cuando la policía vino a por mí. No, tampoco fue ese. Me estoy desviando. ¡No, ya está! El día que más miedo pasé en mi vida fue cuando me tiré del rompeolas y caí de culo a la playa. Y tú dirás, ¿por qué pasaste tanto miedo con eso? ¿A que sí? Pues verás, caí de tal forma que me tronché la lengua, ¿te lo puedes creer? Como lo oyes. Me partí la lengua y quedó colgando como un trapo sucio por fuera de la boca. ¡Tendrías que haber visto la cara de mi madre cuando me vio! Con toda esa sangre saliendo a borbotones. ¡Buf, me acuerdo de ello y me da un escalofrío! ¿Quieres que vayamos a algún sitio a la salida del colegio?” Nico niega con la cabeza. No consigo arrancarle una palabra esta mañana. Puede que haya pasado mala noche por culpa del hombre que vive dentro de su armario. Caminamos en silencio hasta la puerta del colegio. Me devano los sesos intentando sacar un tema de conversación, pero lo único que encuentro son estupideces. Creo que no hay ningún tipo de química entre el chaval y yo. Él lo sabe y se aleja de mí. Cada día más. La campana del colegio retumba como un sonido del infierno. El chico levanta la cabeza. “Sí, yo también odiaba ir al colegio, pero es necesario”. Me mira, deja caer el bollo al suelo, arranca la cartera de mis dedos y sale corriendo. Le veo alejarse a toda prisa. Esbozo una tímida y triste sonrisa. Me pregunto por qué no se ha despedido de mí, por qué no me ha dado un beso. Me encojo de hombros, me doy la vuelta y busco con la mirada a otro chico solitario al que acompañar a clase para sentirme por unos momentos padre. Es mi momento del día.

Relato & Collage (‘naked lunch’) © Óscar Varona