© Oscar Varona | seeya

No sé por qué estoy nervioso, pero así es. Puede que sea ese maldito concurso de baile al que nos apuntamos  hace unos meses. Tal vez sea la imagen de su madre quitándole los piojos a su hermano delante de mí lo que dispara mi ansiedad. O quizá sea su padre mascando tabaco mientras construye con delicadeza la maqueta de un estúpido galeón del siglo XVII en su mesa de trabajo.  Puede que lo que termine de rematar todo el elenco sea la abuela frente al televisor apagado, con la pantalla completamente a oscuras, hablando con el electrodoméstico como si fuese alguien vivo. Sea como sea, estoy deseando que ella termine de arreglarse y salgamos de aquí cuanto antes directos a ese concurso de baile. No me apetece nada, pero siempre será mejor que estar en este salón rodeado de esta gente.

Es curioso, y del todo imposible, pero desde donde estoy sentado puedo oír cómo los piojos crujen bajo el peso del pulgar de la madre sobre su muslo. El chaval, que no tendrá más de diez años, aguanta estoico a que su madre revise cada centímetro de su cuero cabelludo. Apenas se queja. Cierra los ojos y se deja llevar. A mí me empieza a picar todo el cuerpo. Me rasco la cabeza.

-¿Haces deporte, muchacho? –pregunta de repente el padre, sacándome de mis pensamientos más extraños.

-¿C-c-cómo? –digo aterrizando de nuevo en el planeta tierra. Me rasco la espalda.

-Que si haces deporte –repite, y escupe una buena porción de tabaco mascado en una lata que está a punto de rebosar.

-Bueno… El baile es un deporte… Creo –me vuelvo a rascar la cabeza.

-¡Eso no es deporte, chaval! –Dice indignado, levantando la vista por primera vez del barco de madera.- ¿Corres? ¿Haces pesas?

-Mmmm… No, no suelo hacer deporte –digo después de un momento de vacilación.- Sólo bailo de vez en cuando –me pica la pierna.

-¡Pues deberías! –Aconseja alzando la voz.- ¡Estás gordo para tu edad! ¿Verdad que está gordo, mamá?

La mujer ni siquiera se molesta en mirarme. Continúa inspeccionando el cabello piojoso de su hijo.

-No creo que esté más gordo que los demás –sentencia la madre.

-¿Ves? Todo el mundo debería hacer deporte –continúa el padre.- Yo a tu edad corría diez kilómetros diarios. Como lo oyes. Todas las santas mañanas. Antes de ir al trabajo, porque en aquellos entonces, nosotros no teníamos la posibilidad de ir al colegio como vosotros. No éramos tan privilegiados. Teníamos que arrimar el hombro, chaval. ¿No te lo crees? Pues así era. Me levantaba cada día a las cinco de la mañana, me iba a correr, me duchaba y me iba directo a la fábrica. Así seis días a la semana, nueve horas al día. Hasta que aquella máquina me pilló el pie y me dieron la baja. Ya dejé de servir, de ser útil a la sociedad. Me convertí en un estorbo. Mira mi pie –dice levantándose de la silla y subiendo el bajo de su pantalón.- ¡Mira mi pie! -Se quita la zapatilla que lleva puesta y puedo ver un muñón amorfo y retorcido que revuelve mi estómago al instante. No tiene dedos, pero de una protuberancia parece salir una uña.- ¡Mira mi pie!

-¡Papá, por favor! ¡Deja al chico en paz! –interviene la madre. Por suerte, la abuela ha dejado de hablar con el televisor.

-¡Sólo le estoy dando un consejo! –dice el hombre calzándose de nuevo la zapatilla. Respiro aliviado.

-Nadie te ha pedido tus consejos –dice con tranquilidad la madre. Otro piojo que muere bajo el yugo de su dedo. Otro crujido que se mete en mis oídos.

-Deberías de hacer deporte –continúa el hombre señalándome directamente con el dedo.- Deberías correr. ¡Si yo pudiera! –cae el silencio aunque noto mi sangre bombear a toda velocidad en mis sienes. Me rasco la cabeza.- ¿Has tenido relaciones sexuales con mi hija?

-¿Qué? –pregunto asustado. La voz me falla.

-¡Que si habéis tenido relaciones sexuales, chaval! –grita, el hombre. -¿Estás sordo?

-Err… no… creo… no sé… ¡No! –contesto.

-¿No estás sordo, o no has mantenido relaciones sexuales con la chica?

-No, no lo hemos hecho. Aún –digo. Me rasco el pecho. Tengo toda la sangre de mi cuerpo almacenada en mi cabeza.

-Ni siquiera vales para eso. ¿Qué pasa, no te gusta mi hija? ¿Eres tan vago que prefieres meneártela?

-Yo… -me rasco el hombro.

-¿No puedes correr diez kilómetros y pretendes que te mire con respeto, que te hable con respeto, que te diga las cosas bien, con respeto? ¿Quién cojones te has creído, muchacho?

-Yo… -me rasco la entrepierna.

-A tu edad corría todos los santos días veinte kilómetros antes de irme a trabajar. No te miento. Tan cierto como que estoy vivo. ¡Veinte putos kilómetros!

-¿No eran diez? –digo sin pensar. Me rasco con ahínco la cabeza. El picor se está volviendo insoportable.

-Antes de irme a trabajar… Todos los días… Como lo oyes… Hasta que aquella máquina… Aquella puta máquina… Veinte, treinta, cuarenta kilómetros… Todos los días… Sintiendo el aire en mi cara… ¡Sintiéndome libre! ¡Como si no hubiese un mañana! ¡Todos los días! Corría todos los putos días… Hasta que aquella maquina me pillo el pie… mi pie… y me convertí en un inútil… y ya no pude correr, ni trabajar, ni salir a pasear… ¿Haces deporte, chaval? ¿De verdad haces deporte? ¿Has hecho alguna puta vez en tu puta vida algún puto deporte, gordo de mierda? –grita apoyando las manos sobre la mesa y haciendo que el barco se tambalee en su pedestal.

En ese instante, entra en el salón mi pareja del concurso de baile, arreglada, maquillada, tan guapa que parece una virgen en mitad del infierno. Yo, asustado, la miro, la admiro, la deseo. Ella me mira. Abre los ojos como si fueran a salirse de sus órbitas. No sé lo que ve en mí. No sé lo que hay en mí. Ni siquiera sé qué hago aquí. Su boca se abre en un gesto exagerado y vomita un grito agudo, aterrador y eterno en el tiempo. Cuando termina, se da la vuelta con los ojos llenos de lágrimas y corre hacia su habitación. Se oye un portazo.

-Bueno –dice el padre-, supongo que con eso concluye la velada.

Relato y Collage © Oscar Varona