© Oscar Varona | Broken (collage) | Cóctel Demente

A veces mi tío me llevaba a la feria. Era una vez al año, la noche del 31 de octubre. Noche de brujas, noche de miedo. Siempre coincidía con el regreso de mi tío de algún país extranjero y exótico cuyo nombre era impronunciable. Recuerdo que agarraba fuerte mi mano para que no me perdiese mientras andábamos extasiados entre la multitud. Yo sentía asqueado el sudor que desprendía su mano sobre mi piel, pero no podía hacer nada por remediarlo. Mi tío me miraba y esbozaba una ambigua sonrisa cargada de dientes amarillos. “¿Te lo estás pasando bien?”, me preguntaba, y su aliento a chicle de frutas llegaba como un torrente nauseabundo a mi cara. Yo asentía con contundencia, lo que siempre provocaba una sincera carcajada suya.

Me encantaba la feria. Tenía ocho años y aquel mundo era lo más cercano a la magia a lo que podía acceder. Observaba todo con atención, con la ilusión nerviosa del niño que se acuesta  la Noche de Reyes pensando en los regalos que le traerán al día siguiente. Intentaba no perderme un solo detalle. El tragasables hacía su número subido a un barril, introduciendo largas y afiladas espadas por su gaznate desnudo. Una extraña mujer de pelirroja cabellera y desafiante mirada anunciaba que no veríamos nada igual en nuestra vida. Ahora me cuesta creerlo. Los enanos brincaban entre aros de fuego a modo de mascotas amaestradas. Era denigrante, y al mismo tiempo divertido, ver sus extraños ropajes quemarse lentamente. De la enorme chistera de un elegante mago surgían todo tipo de cosas extrañas: un conejo, una calabaza con ojos y boca amenazantes, un reloj, la cabeza cortada de San Juan Bautista… Todos gritábamos entre asustados y admirados. Eran otros tiempos, sin duda. El Hombre Más Fuerte del Mundo rompía cadenas con la tremenda fortaleza de su pecho. Pude comprobar que eran de hierro y no había truco alguno. Me subieron al escenario ante la atenta y condescendiente mirada de mi tío y los rostros enmudecidos del respetable, sólo para dar fe de que aquello era real. Y lo era.

El ambiente olía a carne a la brasa y a palomitas de maíz; a algodón de azúcar y a bebidas refrescantes; a sudor y a alientos ponzoñosos; a excremento de animal y a cacahuetes fritos. Era una mezcla que aún puedo saborear y que resulta imposible de olvidar.

Íbamos de caseta en caseta, admirando anímales exóticos y personajes de cuentos de terror; rostros enfermos y malformaciones físicas; hermanos siameses, unidos por la cabeza, que contaban chistes al revés; viejas gordas que decían leer el futuro en polvorientas bolas de cristal; payasos de maquillajes grasientos y rojas bocas sangrantes que vomitaban sus risas estridentes delante de mi cara; la mujer barbuda, el hombre invisible y el niño demonio.

Más tarde, después de haber saboreado un perrito caliente y un helado de vainilla,  probábamos nuestra puntería con las escopetas. Recuerdo que me imaginaba la cabeza de aquel chico que me pegaba todos los días en la escuela justo en el centro de la diana. Nunca acerté. No conseguí volarle los sesos de un disparo certero, esparramando su asquerosa vida por aquel suelo lleno de serrín. Lo menos importante era el premio, una botella de algún licor clandestino que mi tío se bebía de vuelta a casa, poco antes de encerrarme en la habitación y violarme con desprecio, asco y violencia, como siempre hacía cada vez que la feria volvía a la ciudad.

Relato y collage (broken) © Oscar Varona