Lo primero que escribí sobre Erik Truffaz fue una entrevista que le realicé por correo electrónico, en el año 2003, donde entonces existían compañías de Internet con nombres como “terra” o “menta”. Las preguntas realizadas en francés, Truffaz es suizo, no destilaban mucho garbo (por aquel entonces era más pipiolo que ahora). Una de ellas, era sobre qué haría en su estancia en la ciudad de Terrassa antes del concierto que tenía programado.

Su respuesta fue sencillita…

Descansar y beber horchata.

Del resto, ni me acuerdo.

© Vladimir Radojicic | La Culpa es de Erik Truffaz (Primera Parte) | Música | Cóctel Demente

Invitado al 22° Festival de Jazz, Erik Truffaz llegó a Terrassa acompañado por Mounir Troudi – voz y violín, Manu Codjia – guitarra eléctrica, Michel Benita – contrabajo y Philippe García – batería. ¿El nombre de la formación? Erik Truffaz Ladyland Quartet Featuring Mounir. Si bien por ese tiempo curioseé algunas páginas web, la clave de toda la información que pude obtener me llegó de la revista JazzMagazine, a los cuáles les hice demanda de todo lo posible sobre el músico suizo. JazzMagazine tenía editado un par de artículos que muy cordialmente me hizo llegar fotocopiados en un sobre.

Como acostumbraba por aquellas fechas, me dispuse a observar, analizar y encajar la propuesta de Truffaz, a lo más llegado en mi interior sobre su discurso era un trabajo editado en 1997 apodado “Out of Dream” y todo un lema de declaraciones y críticas que lo dejaban como el heredero blanco de Miles Davis, por su discurso a la “sordina” y sus juegos con los silencios.

Por aquel entonces las bofetadas caían como panes, Terrassa programó en el mismo Festival a grandes de los grandes como Frank West, Branford Marsalis, Wayne Shorter, John Faddis, Stefon Harris, Brian Blade, John Patitucci, Danilo Pérez, Peter Bernstein, Brad Mehldau, David Murray y un sinfín de locuras, llegando a tener un programa petardo y muy rico musicalmente.

Truffaz caló hondo y tendido en mi casa, triunfó, aterrorizó, escandalizó, creó, liberó y maravilló con su sonido, su apuesta arriesgada, dirigida y altamente creativa; Vencía a todo lo que se le ponía por delante.

 

El “run run” Truffaz se apoderó de mí, revisitando asiduamente sus álbumes “Bending new Corners”, “The Mask” y “Mantis”. Esa banda sonora me acompañó, ese discurso entró, esa fuerza que a veces no tienes, ese lenguaje… ¡qué coño! Truffaz tiene eso que tienen pocos, que no hace falta etiqueta, género, no hace falta nada, él entra del comedor a la habitación como si siempre hubiera estado ahí.

Para mí, Erik Truffaz tiene toda la libertad creativa, el descaro, el chillido, el controlado desgarro, la metodología y el académico plante que se le escuchaba al grande de Miles. En gran parte muchos le consideramos el Miles blanco porque respira todo su toque, sus correosos dedos, sus espantosos ruidos, sus cortes repentinos, contrapuntos, silencios, su alma. Truffaz tiene el toque Miles, ese toque que nos vuelve de frenopático en “Bitches Brew” o en “A tribute To Jack Johnson”.