© Oscar Varona - Vanishing

El cuarto de estar de una casa. Ambiente oscuro. Muebles escasos y baratos. Una lámpara de pie encendida al fondo. A la izquierda, un hombre desnudo (Ramón) permanece con la cabeza metida en un agujero de la pared. No se resiste, no intenta sacarla. A su lado, en el centro, sentada en un sofá viejo y maltratado, una mujer de mediana edad (Laura) mira al infinito mientras su perro se restriega contra su pierna. Está completamente desnuda.

LAURA: (Al perro, enérgica y alzando la voz) – ¡Para!

RAMÓN: (Voz apagada desde el agujero donde esconde la cabeza) – ¿Has dicho algo?

LAURA: –No hablaba contigo.

RAMÓN: – ¿Con quién hablabas?

LAURA: –Con el perro.

RAMÓN: – ¿Qué perro?

LAURA: (Suspirando) –Ninguno, no te preocupes. No puedes verlo.

RAMÓN: –No recuerdo que tuviésemos perro.

LAURA: –Da igual.

RAMÓN: – ¿Cómo es?

LAURA: (Bajando la cabeza y observando con desgana al animal) –No sé… Marrón.

RAMÓN: – ¿Marrón? ¿Sólo marrón? ¿Nada más?

LAURA: (Pausa) (Sin dejar de mirar al perro) –Sí, sólo marrón. Nada más.

RAMÓN: – ¿Es bonito?

LAURA: – ¿Que si es bonito? No sé… Depende con qué o con quién lo compares.

RAMÓN: – ¿No sabes si es bonito?

LAURA: –No, no lo sé. (Pausa) Es un chucho. Estos perros no son bonitos.

RAMÓN: –No lo creo.

LAURA: –Me da lo mismo lo que creas.

RAMÓN: – ¿Te lo has encontrado?

LAURA: –Lo tengo desde hace un año.

RAMÓN: – ¿Tanto tiempo llevo aquí metido?

LAURA: –No lo sé. Supongo.

RAMÓN: (Pausa) –No sé cómo has podido aguantar así.

LAURA: (Gira la cabeza y mira el cuerpo desnudo de Ramón) – ¿Así cómo?

RAMÓN: –Así… sola… sin más compañía que un chucho y un marido con la cabeza metida en la pared.

LAURA: –Ha sido fácil, tranquilo. Sólo he tenido que mirar para otro lado.

RAMÓN: –Eso no dice nada bueno de mí.

LAURA: –Tampoco de mí, no te preocupes.

RAMÓN: –Es igual. Sigo sin comprender cómo has podido soportar tanto tiempo así.

LAURA: –Bueno, al menos ahora sé dónde estás en todo momento.

RAMÓN: (Pausa) –Lo siento.

LAURA: (Con desdén) –No importa.

RAMÓN: – ¿Por qué no sales por ahí a buscar a alguien?

LAURA: – ¿A alguien? ¿A quién?

RAMÓN: –No sé, a alguien que te alegre la vida y te haga olvidar esta situación.

LAURA: – ¿Me estás diciendo que salga a la calle y me folle al primero que vea?

RAMÓN: –Te estoy diciendo que seas feliz.

LAURA: –Eso no es la felicidad.

RAMÓN: –Pero a veces ayuda.

LAURA: – ¿Durante cuánto tiempo? ¿Diez, quince minutos? ¿Media hora, tal vez? Y después qué.

RAMÓN: –Después yo.

LAURA: (Risa sarcástica) – ¡Menudo plan!

RAMÓN: –Si lo piensas bien no está tan mal.

LAURA: (La risa se corta y adquiere un rictus serio) –No podría hacerlo.

RAMÓN: –No comprendo por qué

LAURA: (Canturreando irónica) – ¡Hasta que la muerte nos separe…!

(Pausa) ¿Recuerdas? (Pausa) Da igual. No soy como tú.

(Silencio)

El perro da vueltas alrededor del sofá. Comienza a gruñir detrás del sofá y parece estar destrozando algo. La mujer, disgustada, se levanta y golpea al animal, el cual se aleja corriendo mientras profiere lastimeros aullidos.

RAMÓN: – ¿Qué ha pasado?

LAURA: (Volviendo a su sitio y sentándose visiblemente aburrida) –Nada.

RAMÓN: – ¿Qué ha sido eso?

LAURA: –El perro.

RAMÓN: – ¿Por qué ladraba así?

LAURA: –No ladraba. Se quejaba.

RAMÓN: – ¿De qué? ¿Por qué?

LAURA: –Le he tenido que pegar. Estaba rompiendo el sofá.

RAMÓN: –Pobre animal.

LAURA: –Sí… Pobre…

RAMÓN: – ¿No le sacas a pasear?

LAURA: –No.

RAMÓN: – ¿Y eso?

LAURA: – ¿Qué es eso?

RAMÓN: (Extrañado) – ¿Eso?

LAURA: –Has dicho: ¿Y eso?

RAMÓN: –No sé de qué estábamos hablando.

LAURA: –Del perro.

RAMÓN: –¡Eso!

LAURA: – ¿Eso?

RAMÓN: –Que por qué no le sacas a la calle.

LAURA: –No me apetece.

RAMÓN: –Pero a él sí.

LAURA: – ¡Que se joda!

RAMÓN: –Una gran respuesta.

LAURA: – ¿Quieres otra?

RAMÓN: –No, no, gracias. Con esa ya me doy por enterado. (Pausa) Es extraño  que quisieras adoptar un perro si al final pasas de él.

LAURA: –No lo adopté. Lo recogí de la calle.

RAMÓN: –Sigo sin comprender.

LAURA: –No hay nada que comprender. Pensé que me haría compañía.

RAMÓN: – ¿Y no ha sido así?

LAURA: –Ya ves que no.

RAMÓN: –No veo nada.

LAURA: –Cierto. (Pausa) Si tanto te preocupa el dichoso perro, ¿por qué no sacas la cabeza de ahí y le paseas tú mismo?

RAMÓN: –No puedo.

LAURA: – ¿Qué no puedes?

RAMÓN: –Sacar la cabeza.

LAURA: – ¿Lo has intentado?

RAMÓN: –No.

LAURA: –Entonces, ¿cómo sabes que no puedes?

RAMÓN: –Lo sé. Por eso no lo intento.

LAURA: –Muy lógico.

(Silencio)

RAMÓN: –Creo que hice bien en meterme aquí.

LAURA: – ¿Por?

RAMÓN: –No soporto nada.

LAURA: – ¿Ni siquiera a mí?

RAMÓN: –Es distinto, aunque sabes muy bien que no pasábamos por nuestro mejor momento.

LAURA: –Lo sé. Lo que no alcanzo a entender es qué hago yo aquí. Por mucho que lo piense, no encuentro una respuesta lógica. (Pausa) Tú decidiste meterte en ese agujero y no salir. No sé por qué. Tus razones tuviste, no lo dudo. Nunca te he reprochado nada. Nunca te pregunté nada. Aunque no comprendiese lo que hacías, y siga sin comprenderlo, jamás te eché nada en cara. Me limité a callarme, a seguir a tu lado, a no cuestionar tus actos. Pero, ¿y yo? ¿Cuál es mi agujero? ¿Cuál es la salida que he escogido? ¿Cuál es el sentido de todo esto para mí?

RAMÓN: –Acompañarme… Estar a mi lado.

LAURA: –Eso es terriblemente injusto.

RAMÓN: –Nadie ha dicho que no lo fuese. Es lo que escogiste. Te podías haber marchado.

LAURA: – ¿Tú crees? Puede que tengas razón, no lo sé. A veces se me hace muy duro todo esto. Estoy convencida de que no tuve ninguna opción, de que todo esto es como una especie de lotería que me ha tocado vivir y cuyo premio no puedo devolver. Una maldición de la que es imposible escapar. (Pausa) No sé qué hacer, si marcharme para siempre e intentar empezar de nuevo, o quedarme y aguantarte hasta el fin de nuestros días.  (Pausa) Pero, ¿qué sería de ti?  No puedo dejarte solo. ¿Quién cuidaría de ti? ¿Y si te pasara algo?

RAMÓN: – ¿Qué más da? Precisamente, si me metí aquí fue para que algo me pasara. O no. No lo sé. No recuerdo porqué lo hice.

LAURA: –Intentabas huir. O eso dijiste, creo recordar.

RAMÓN: – ¿De qué?

LAURA: –De todo. Aunque no creo que lo hayas conseguido.

RAMÓN: –De todo… Y, ¿qué es todo?

LAURA: –Eso tendrías que saberlo tú.

RAMÓN: –No me acuerdo… Imposible… No consigo recordar qué me trajo aquí… ¿Fuiste tú? ¿El trabajo? ¿La mierda de vida que llevábamos?

LAURA: –Una mezcla de todo eso.

RAMÓN: –Pero tuvo que haber un detonante que me hiciera estallar. (Pausa) ¿Fue el niño?

LAURA: – ¿Qué niño?

RAMÓN: –Nuestro hijo.

LAURA: (Triste) –Nunca tuvimos un hijo.

RAMÓN: – ¿En serio? No me acuerdo. (Pausa) ¿Fue cuando colgué al gato?

LAURA: –Eso ya no lo sé. (Pausa) ¿Colgaste al gato? (Pausa) ¿No dijiste que se había escapado?

RAMÓN: –Eso creía. No tengo una imagen clara en mi cabeza. (Pausa) Tuvo que haber algo… ¿Me despidieron?

LAURA: –Hacía meses que ya no trabajabas.

RAMÓN: –Puede que fuera eso.

LAURA: –Puede. No lo creo, pero puede ser.

RAMÓN: – ¿Y qué crees entonces que ocurrió?

LAURA: –No tengo ni idea. Sólo sé que un día volví a casa y te encontré así, desnudo, con la cabeza metida en ese maldito agujero.

RAMÓN: – ¿No te di ninguna explicación?

LAURA: –No, al principio no. (Pausa) La verdad es que tampoco te la pedí.

RAMÓN: – ¿Lo viste normal?

LAURA: – ¿El qué?

RAMÓN: –Que tuviera la cabeza metida en la pared.

LAURA: –Tampoco me extrañó tanto. Siempre has sido muy raro.

RAMÓN: – ¿A qué te refieres?

LAURA: –Bueno, los dos sabemos que no estás muy bien de la cabeza.

RAMÓN: (Extrañado) –No… Yo no sé nada de eso. Creo que te equivocas de persona.

LAURA: – ¿De veras? Mírate. (Pausa) ¿Crees que es muy normal lo que haces?

RAMÓN: –No lo sé. ¿Lo es? (Pausa) Tampoco me preocupa mucho.

(Silencio)

LAURA: – ¡En fin! Has tenido tus excentricidades.

RAMÓN: –Como todo el mundo.

LAURA: –Y has hecho auténticas locuras.

RAMÓN: – ¿Como cuáles?

LAURA: –No es el momento de enumerarlas todas.

RAMÓN: –Eso es porque no te acuerdas de ninguna.

LAURA: –Eso es porque no quiero sacar mierdas en este momento. Bastante tengo ya. No me apetece discutir de si hiciste o no tal cosa.

(Silencio)

RAMÓN: –Probablemente las hice. No lo niego.

LAURA: (Aireada) – ¡¿Probablemente?!

RAMÓN: –Tú tampoco te has quedado corta.

LAURA: –Estamos hablando de ti.

RAMÓN: –Pensé que estábamos hablando de nosotros.

LAURA: –Ya no hay un “nosotros”.

RAMÓN: – ¿Tú crees?

LAURA: –Lo sé.

RAMÓN: –Y, ¿qué hacemos aquí?

LAURA: –Pasar el tiempo. Esperar.

RAMÓN: – ¿Esperar? ¿Esperar a qué?

LAURA: –A que alguno de los dos se muera.

RAMÓN: – ¿Sólo eso?

LAURA: –Sólo eso. ¿Qué más nos queda por hacer?

(Silencio)

RAMÓN: –Puede que tengas razón.

LAURA: –Sabes que la tengo.

RAMÓN: –Aunque no deja de ser triste.

LAURA: – ¿El qué?

RAMÓN: –Nosotros… Nuestra vida.

LAURA: –Bueno, no te creas que el resto del mundo anda mejor.

RAMÓN: –El resto del mundo me da lo mismo. No importa. (Pausa) Me gusta pensar en cuando éramos jóvenes.

LAURA: –Mis recuerdos son confusos.

RAMÓN: –Éramos guapos. Teníamos toda la vida por delante.

LAURA: –Creo que jamás sucedió algo parecido.

RAMÓN: –Y míranos ahora.

LAURA: –Siempre fuimos patéticos.

RAMÓN: –No digas eso.

LAURA: –Es la verdad. Dime un solo recuerdo que tengas bonito de nosotros.

RAMÓN: –Déjame pensar…

LAURA: –No lo hay.

RAMÓN: – ¡Calla, mujer! Mi cabeza no funciona tan bien como antes.

LAURA: –Adelante, inténtalo. No vas a encontrar nada.

RAMÓN: – ¿Qué me dices de cuando nos conocimos?

LAURA: (Irónica) –Enternecedor.

RAMÓN: –Aquel día en el parque… Me enamoré de ti nada más verte.

LAURA: –No tardaste ni cinco minutos en intentar tocarme un pecho.

RAMÓN: – ¿De veras?

LAURA: –Como te lo cuento.

RAMÓN: – ¿Lo conseguí?

LAURA: – ¿El qué?

RAMÓN: –Tocarte una teta.

LAURA: (Indignada) – ¡No! ¿Por quién me tomas?

RAMÓN: –No recuerdo si eras de las… Bueno, ya sabes… de las fáciles.

LAURA: –Si hubiera sido de las, ya sabes, fáciles, no te habrías casado conmigo.

RAMÓN: –Probablemente.

LAURA: –Lo sé. Nunca te han gustado ese tipo de mujeres.

RAMÓN: –Bueno, cuando era joven sí.

LAURA: –Da igual, de verdad. De eso hace ya mucho tiempo. Ni siquiera quiero recordarlo.

RAMÓN: –No veo qué tiene de malo.

LAURA: –En realidad, yo veo lo malo que tiene todos los días.

RAMÓN: – ¿Te arrepientes?

LAURA: –A cada momento. No lo sabes tú bien.

RAMÓN: (Indignado) – ¡Pues vete! ¡Déjame en paz! ¡Coge tus cosas y lárgate de aquí!

(Silencio)

RAMÓN: – ¿No dices nada?

LAURA: –No tengo nada que decir.

RAMÓN: – ¿Me quieres?

LAURA: –Supongo que sí… No lo sé…

RAMÓN: – ¿Supones?

LAURA: –Es más de lo que te puedo decir.

RAMÓN: –Tendré que conformarme.

LAURA: –Todos lo hacemos.

RAMÓN: –No hay nada que decir.

LAURA: –Hace tiempo.

RAMÓN: – ¿Por qué no te fuiste?

LAURA: –No lo sé. Apenas recuerdo nada. Ni siquiera sé quién eres.

RAMÓN: –Soy tu marido.

LAURA: –Sí, eso lo tengo claro. Lo que pasa es que tengo que revisar nuestras  viejas fotos para acordarme de cómo eres.

RAMÓN: –Yo te recuerdo como el primer día que te vi.

LAURA: –Podía haberse parado el tiempo en ese instante, ¿verdad?

RAMÓN: –Ojalá lo hubiera hecho.

LAURA: –Sí… Bueno… Las cosas no salen como uno quiere.

(Silencio)

RAMÓN: –Creo que te quiero.

LAURA: –Yo recuerdo que te quería.

(Silencio)

RAMÓN: – ¿Es de noche?

LAURA: –Sí.

RAMÓN: –¿Qué hora es?

LAURA: –No lo sé. Tarde, supongo.

RAMÓN: – ¿Tarde? Siempre es tarde… No tengo sueño.

LAURA: –Yo dejé de tenerlos.

RAMÓN: –Qué raro es dormir aquí.

LAURA: –E incómodo, supongo.

RAMÓN: –Sí, también. (Pausa) Echo de menos dormir a tu lado.

LAURA: –No te pierdes gran cosa.

RAMÓN: – ¿No quieres estar conmigo?

LAURA: –Lo cierto es que no me puedo separar de ti.

 (Silencio)

RAMÓN: –Me alegro de que no todo esté perdido.

LAURA: – ¿Quién sabe? (Pausa) Anda, descansa. Mañana seguiremos hablando.

RAMÓN: –Y esperando.

LAURA: –Exacto… Esperando… A que ocurra lo mismo de todos los días

(Silencio)

La luz se va bajando lentamente hasta caer en la más completa oscuridad.

***
Idos, quietos (Teatro) & Collage (Vanishing) © Oscar Varona