Sin vida | © Oscar Varona

Un viejo bar de barrio. La decoración está pasada de moda. La barra se sitúa a la izquierda. Detrás de ella, un camarero de unos cincuenta años (Elías) limpia incansable un vaso mientras fija su mirada en la nada. Al otro lado, sentado en un taburete y apoyado en la barra del bar con desidia, un hombre de unos cuarenta y cinco años (Pepe) bebe una cerveza. A su lado, pero apartada un poco, hay una mujer (María) sentada en otro taburete y con la cabeza apoyada en la barra mientras duerme profundamente. En su regazo descansa un gato negro disecado. Al fondo se sitúan tres mesas con sus respectivas sillas. En la que está más pegada a la pared, hay una anciana que escribe de forma mecánica sobre un papel que ya está completamente cubierto de garabatos. En la mesa del centro no hay nadie. En la tercera mesa, se sientan dos mujeres orondas de unos sesenta años (Mercedes e Inés) que permanecen en silencio mirándose la una a la otra. Una mujer enana (Vera) permanece de pie en el centro del bar, alejada de la barra y cerca de la cristalera que da al exterior. Al lado de la puerta de los servicios, otro hombre (Benito) bebe sin ganas un vaso de vino mientras escucha impertérrito los constantes susurros de una mujer (La muerta) de cabello oscuro y piel blanquecina que le habla al oído.

Todo permanece en silencio. No se oye nada, excepto el ulular del viento fuera.

Nadie se mueve. Es como una instantánea sacada de un viejo álbum de fotos.

–La Muerta: –Soy quien soy y no dejo de ser quien fui.

Silencio.

–Vera: (Mirando hacia la noche) –Tengo un secreto.

Silencio.

–La Muerta: –Es posible que…

–Benito: (interrumpiendo) –…no llegue a ver a la luz del día.

Silencio.

–Pepe: –Hubo un tiempo… Hubo un tiempo en el que… Hubo un tiempo… (Pausa) ¿Y ahora qué?

Silencio.

–Vera: –Tengo un secreto que nadie creerá. Que nadie comprenderá, y que, sin embargo, nadie querrá escuchar.

Silencio.

–Mercedes: (Agachando la cabeza como avergonzada) –Es preciso que hablemos, aunque desconozco de qué. (Pausa) Tengo la necesidad de decirte tantas cosas que, al final, ninguna de ellas será cierta.

Silencio.

–Inés: (Agarra con suavidad la mano de su amiga) –No es necesario que digas nada. Podemos pasar la tarde en silencio, sólo mirándonos. A veces es mejor callar.

Silencio.

–Mercedes: (Levanta la vista) –El sonido del viento es buen consejero. Eso, y unos cuantos garbanzos mágicos.

Silencio.

–Pepe: –¿Es esto lo que nos espera a partir de ahora?

Silencio.

–Elías: –Mamá siempre ha estado mal, pero no es consciente de que últimamente la enfermedad se come su cerebro cada noche.

Silencio prolongado.

–La Muerta: –No sé por qué vuelves día tras día a este lugar si…

–Benito: –…odio a todo el mundo.

–La Muerta: –Exacto.

–Benito: –Exacto.

–La Muerta: –¿Por qué no, sencillamente, los matas a todos?

Benito: –Porque tengo miedo de poder hacerlo.

–La Muerta: –¿Miedo?

–Vera: (Ajena al resto) –No tengo miedo a que se sepa mi secreto. Me asusta que no lo comprendan.

Silencio.

Pepe: –Hoy he encontrado una muela debajo de mi cama. Me he estado mirando en el espejo durante, al menos, dos horas y no me falta ninguna pieza dental. No he encontrado ni un solo hueco en mi dentadura. Entonces… ¿de quién cojones es esa muela?

–Vera: –Un secreto…

Silencio.

–Anciana: –Tengo que salir de aquí. Por favor… Necesito ayuda… Salir… De aquí… Por favor… Necesito ayuda… (Gritando) ¡SALIR DE AQUÍ!

Silencio.

–Inés: –Ya no es posible que podamos huir volando como cuando éramos jóvenes.

–Mercedes: –Pero hay momentos en los que es necesario intentarlo.

Inés: –Saltar por la ventana. Morir en el intento.

–Benito: –Matarlos a todos.

Silencio.

–Pepe: –A veces deseo morir con el único propósito de ver si serías capaz de venir a mi entierro. Es una paradoja, pues si estuviese muerto, jamás podría saber si lo habrías hecho.

Silencio.

–Vera: –Sueño con días mejores que nunca volverán… Con personas que alguna vez fueron y ya no están… Con momentos en los que… debí sangrar.

Silencio.

–Elías: –Mamá sueña con gusanos que le perforan el cerebro y después se van a nadar. Eso me cuenta cada mañana. Siente incluso las dentelladas en su cabeza cuando duerme. Y yo no sé qué hacer. Mi mamá está loca, pero en realidad no es mi mamá. Ni siquiera yo soy quien digo ser.

Silencio.

La Muerta: –De donde vengo, nadie regresa. A donde voy, nadie lo sabe.

–Benito: –Si bebieras lo mismo que yo, ni siquiera sabrías quién eres.

Silencio.

–Mercedes: –Me gusta hablar contigo, sentir tu compañía, pero, a veces, eres insufrible.

–Inés: –Lo tengo más que asumido. Sé cómo soy. Pero tú no sabes lo mal que te huele el aliento.

Silencio.

–Vera: –Yo no soy enana. Simplemente me fueron cortando las extremidades según fui creciendo. Me fabricaron. Me diseñaron. Como uno de esos árboles enanos japoneses.

Silencio.

Anciana: (Sin dejar de escribir) – ¡Sonia, me duele la cabeza!

–Elías: (Para sí mismo) –No comprendo por qué mamá siempre me llama Sonia. ¿Acaso parezco una mujer?

Anciana: –¡Me va a explotar!

–Elías: –Debería dejarle un martillo en la mesa.

Silencio.

–Vera: –Me cortaban con un cuchillo. Tiernamente. Después, lo que sobraba de mí, se lo echaban de comer a los perros. No recuerdo quién. Mi infancia es bastante confusa y dolorosa.

Silencio.

–Pepe: –El otro día soñé que mi hijo me vomitaba, y cuando por fin conseguí salir de su interior, con mucho esfuerzo y asco, tiró de la cadena y me dejé arrastrar por la inmundicia.

Silencio.

La Muerta: (A Benito) –No quiero volver a aquel lugar. Hace demasiado frío. Me gusta estar aquí contigo, sentir tu presencia.

–Benito: (Sin despegar la mirada de la copa de vino) –¿Cuándo tienes que volver?

La Muerta: –Cuando dejes de pensar en mí.

Benito: –Entonces, no hay problema.

Silencio.

–Elías: –Mi madre nunca me quiso. Es triste reconocerlo, pero es completamente cierto. Nunca aprecié el más mínimo sentimiento de amor por su parte. Tal vez ahora, con esta segunda oportunidad que la vida me ha brindado, pueda resarcirme.

–Anciana: –¡Me das asco, Sonia! ¡Tengo hambre!

–Elías: (Mirando al infinito) –No debo pensar. No necesito pensar.

Silencio.

–Mercedes: –La gente se cree que tú y yo sólo hablamos de cosas cultas. Nos toman por unas intelectuales. Nada más lejos de la realidad.

–Inés: –Deberíamos hacer un aquelarre con todos ellos.

Mercedes: –Si fuésemos brujas…

Inés: –No estaríamos aquí.

–Mercedes: –Por cierto, a ti te huelen muchísimo los pies.

Silencio.

–Pepe: –Estoy tan cansado de todo, que ni siquiera soporto el peso de mi escroto.

Silencio.

–Vera: –Me fueron reduciendo los órganos. Cortaron y operaron hasta hacerlos caber en este cuerpo diminuto. El hígado, el páncreas, los riñones… Todos excepto mi corazón. No pudieron tocarlo. Temieron que si lo hacían, muriese al instante.  Sin embargo, consiguieron que cada día me sintiera más muerta.

Silencio.

–Benito: –Cuando moriste, una gran parte de mí se fue contigo.

–La Muerta: –Te volviste loco.

–Benito: –Sí

–La Muerta: –Te quisiste morir.

–Benito: –Sí.

La Muerta: –Me llamaste.

–Benito: –Sí.

–La Muerta: –Y aquí estoy.

–Benito: –Sí.

–La Muerta: –Y ni siquiera sabes si soy real o un producto de tu imaginación.

–Benito: –Exacto.

La Muerta: –¿Qué más da?

–Benito: –Al menos, aquel borracho que está en la barra también te ve.

–La Muerta: –¿Cómo se llama?

Benito: –No lo sé.

La Muerta: –¿Estás seguro de que me ve? (Benito asiente con la cabeza)

Benito: –Eso me ha dicho.

La Muerta: –Entonces, ¿por qué no le matas?

Silencio.

–Anciana: –A veces veo a  mi hermana saludarme a través del cristal. Es tan guapa… (Pausa) ¿Por qué nadie es capaz de sacarme de esta cárcel?

Silencio.

–Pepe: –Ya no recuerdo cuántos años tiene mi hijo. Ni siquiera me acuerdo de la última vez que le vi. ¿Fue ayer? ¿Hace cinco años? ¿Diez?

Silencio.

–Vera: –Me convirtieron en un muñeca, en un espectáculo por el que la gente debería pagar. Me metieron en la prostitución. Ganaron mucho dinero conmigo. Muchas noches de sudor y esperma, de vejaciones e insultos, de golpes, de torturas, de viejos pedófilos que se desahogaban en un cuerpo de niña con mente de adulta.

–Elías: –Siempre he sido un niño triste escondido en un cuerpo de adulto acabado.

–Anciana: –Es la gallina que intenta cruzar la carretera.

Silencio

–Inés: (Bajando la mirada y mirándose los pies. Se descalza.) –Me encanta la suciedad que se esconde entre los dedos de mis pies. (Pausa) ¿Apestan? ¿Tú crees que apestan? ¿Mis pies apestan?

Mercedes: (Ausente) –Sacudo el polvo que se acumula entre mis dientes… Odio leer historias de personajes sin futuro que duermen en camas de cristales rotos y afiladas pesadillas… Prefiero historias más sencillas… Por ejemplo, la de una muchacha que escucha las voces de su cabeza porque son las únicas que le hablan… Tal es su soledad. Sin el susurro de sus voces se vuelve complicado dormir.

–Inés: (Levanta la cabeza) –¿Estás hablando de ti?

Mercedes: –¿Por qué crees que hablo de mí?

–Inés: –No sé, pensé.

–Mercedes: –No pienses tanto. No merece la pena.

–Inés: –Siempre he hecho lo que has querido.

–Mercedes: –Tampoco he pretendido que te sintieras mal.

–Inés: –¿A quién le importa?

Silencio.

–Vera: –Conseguí escapar de ellos, de todos, y me hice actriz. No fue difícil meterme en la piel de aquellos personajes, después de haber estado noche tras noche fingiendo ser una niña que disfrutaba introduciéndose pollas sucias por el coño.

Silencio.

–Benito: –¡Ojalá se pudran!

La Muerta: –¡Ojalá se mueran todos!

Benito: –Al menos te tengo a ti.

La Muerta: –No sé si eso es bueno.

–Benito: –Siempre es bueno. La soledad es una mierda.

–La Muerta: –Al menos la que no es elegida.

Benito: –Yo no quiero estar solo.

La Muerta: –Imposible.

–Benito: –¿El qué?

–La Muerta: –Que estés solo. Siempre me tendrás a tu lado.

–Benito: –Me alegro.

–La Muerta: –Sigo sin estar segura de que eso sea motivo de alegría.

Silencio.

 –Pepe: –Quiero dispararme, distenderme y  morir de aburrimiento.

Silencio.

–Mercedes: –Recuerdo la última vez que estuvimos aquí, en este bar, y de lo que hablamos entonces.

–Inés: –No consigo acordarme. Hace muchos años de aquello.

–Mercedes: –En realidad fue hace dos o tres semanas.

Inés: –¿En serio? Creí que había pasado más tiempo. (Pausa.) ¿Y de qué hablamos?

–Mercedes: (Haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia a la conversación) –¡Oh, de nada importante! Ya sabes, las típicas tonterías con las que nos entretenemos.

–Inés: –Con las que dejamos que pase el tiempo.

Mercedes: –Sí.

–Inés: –¿Te encuentras bien?

–Mercedes: –Sólo un poco cansada y aturdida.

–Inés: –¿De qué hablamos en aquella ocasión?

–Mercedes: –De nada. No hablamos absolutamente de nada. Estuvimos en silencio toda la tarde. De hecho, por eso dejamos de venir aquí. Por eso dejamos de vernos.

–Inés: –Al menos ahora estamos hablando.

–Mercedes: –Inercia, mi querida amiga. Lo hacemos por pura inercia. O por miedo al silencio.

Silencio.

–Elías: (Mirando a la anciana sin dejar de pasar el trapo por el vaso que tiene en las manos) –No sé hasta qué punto me compensa cuidar de mamá. Después de todo lo que he hecho por ella durante este tiempo, no sé si estoy haciendo lo correcto. Ni siquiera sabe quién soy.

Anciana: (Mirando a Elías) –¿Desde cuándo te has convertido en una cucaracha, Sonia? Debería matarte de un zapatazo. Me estás dando nauseas.

Silencio.

–Vera: –No fue difícil conseguir trabajo. Los directores raros y excéntricos se rifaban mi presencia. Daba un toque surreal a sus historias estúpidas. Me daba igual. Lo único que me importaba era conseguir dinero, escapar de la locura. Pero el infierno nunca te abandona del todo.

Silencio.

–Pepe: –El lenguaje termina en un mundo en el que la carta más espontánea es mierda líquida y juicio del alma que vulnera el orden metafísico. Se plantean reveladoras palabras y preguntas donde está mi pensamiento; es el ombligo del que surge cualquier problema complejo posible que se ha quedado en la psique y se constituye, quedado sea, en el lejano abismo del mundo; grave realidad de las afueras, donde omitir es igual a fracasar. Tal cual sea dicho. Tiempo postal que me obliga a tragar más pruebas, a seguir viviendo, a esperar lo siempre visto y a respirar vidas por las que podría­ ser otro. Necesito el encuentro  con el aburrimiento pues esta sucesión  de acontecimientos que es mi vida  no es ni mucho menos lo que una vez soñé, con el país en llamas como telón de fondo.

Silencio.

–Benito: –No sé por qué tuviste que hacerlo. Aún me cuesta comprender por qué, en un momento dado, decidiste morir, quitarte de en medio, desaparecer y abandonarme.

–La Muerta: –Estas cosas no las decide del todo uno mismo. Van surgiendo. Aparecen en tu vida como obstáculos que a veces puedes vencer y otras terminas siendo el vencido. En mi caso, me dejé llevar. Creí que era la única opción. Y sin embargo… Mírame. Aquí estoy, haciendo lo mismo que hacía cuando estaba viva. Lo único bueno de todo esto es que ahora ya no sufro.

–Benito: –¿Sufrías?

–La Muerta: –No sabes cuánto.

–Benito: –No, nunca lo supe.

–La Muerta: (Suspira) –Por eso decidí morir. Entre otras cosas.

Benito: –Entonces, ¿por qué volviste?

–La Muerta: –Ni yo misma lo sé. (Pausa) Supongo que para hacértelo recordar cada día.

Silencio.

–Elías: –Veo mi vida ir consumiéndose detrás de esta barra. Soy un mero observador de vidas ajenas, un sirviente de perdedores, de acabados, de desechos humanos que han renunciado a su futuro, mientras que yo abdico de mi propio presente.

–Anciana: –¡Tengo hambre, Sonia! (Pausa) ¡Y creo que me he cagado! ¡Me pesan las bragas!

–Elías: (Suspiro) –Soy yo el único culpable de mi tragedia.

Anciana: –No soporto el olor. ¡Haz algo!

Silencio.

–Vera: –Todo parecía ir bien. Ganaba bastante dinero. Tenía amigos, o gente cercana que yo creía que lo eran. Había conseguido dejar atrás un pasado oscuro y triste, y era bastante considerada en la profesión. Y entonces… Un día… Una noche… El productor de mi última película me invitó a cenar, y cenamos. Me invitó a tomar unas copas, y las tomamos. Me invitó a ir a su casa, y me negué. Se enfadó. Estaba muy borracho. Me golpeó en la cara. Me tiró al suelo. Estábamos en un parque a altas horas de la madrugada. Solos. Él y yo. Abusó de mí. Luché con todas mis fuerzas, pero me doblaba en fuerza, tamaño y peso. Y al final, simplemente recé para que terminase cuanto antes. Pero con lo borracho que estaba, ni siquiera eso pudo hacer. Y volví a sentirme como aquel despojo en el que me habían convertido unos años antes. Me sentí basura, vomité mientras lloraba y rezaba. No le denuncié. Debería haberlo hecho. No sé por qué no lo hice. Las consecuencias de aquella noche las sigo arrastrando. Perdí el trabajo. Dejaron de llamarme. El teléfono dejó de sonar. Creí que iba a tener que volver a la prostitución para poder al menos subsistir. Pero hubo alguien que me ayudó… Que me sigue ayudando… A su manera… A cambio de todo… A cambió de perpetuar aquella noche… en el infinito…Le odio con todas mis fuerzas… pero no puedo hacer nada…

Silencio.

–María: (Despertándose. Suenan aplausos. Se incorpora lentamente sin abrir del todo los ojos. Los aplausos cesan. La cabeza del gato que tiene en el regazo cae al suelo y rueda por él) –¿Todavía sigo aquí?

Mercedes: –Deberíamos irnos.

–Inés: –¿Y no volver?

Mercedes: (Baja la mirada) –Qué más da. ¿Acaso tenemos otra opción?

Pausa.

–Vera: –Tengo un secreto. Pero nadie quiere escucharlo. (Pausa) Es… lo que… hay…

 

Se apagan las luces lentamente y sólo queda el sonido del viento. Oscuridad.

Texto y collage (Sin Vida) | © Oscar Varona