© Oscar Varona | Gramática Histrionica

Son las nueve de la noche. Lo sé porque el reloj que está colgado en la pared de enfrente así lo indica. Así es como me lo enseñaron: la manecilla corta en las nueve, la manecilla larga en las doce. ¿Estoy ya borracho? No, creo que todavía no. Voy camino de ello, pero sólo siento un ligero mareo adormecer mis neuronas ya de por sí fosilizadas. El murmullo de la radio sale por unos altavoces cubiertos de grasa que se sitúan estratégicamente en un par de esquinas del bar en el que me he recluido, en el que me escondo cada maldito día de mi existencia, al menos en los dos últimos años. Aquí dejo que el tiempo me mate, y no al revés; permito que el alcohol me consuma lentamente, porque de otra forma no sé morir.

El ambiente es agradable, aunque tampoco sería del todo correcto calificarlo así. Quizá estaría mejor decir que es un bar tranquilo, sin mucha clientela, y más a estas horas de la noche en mitad de un otoño que se me antoja eterno y que escupe bocanadas de hielo en cuanto pones un pie en la calle. La decoración está pasada de moda. Parece que no ha cambiado nada en treinta o cuarenta años. Hasta el camarero, un hombre que ha rebasado la cuarentena, parece que ha estado aquí siempre, como el fantasma decolorado de un castillo olvidado que ni siquiera produce miedo. El  color naranja predomina en asientos, taburetes y en una barra acolchada que en algún momento del pasado tuvo que ser moderna, pero que en la actualidad es un repelente de posibles clientes. A veces se lo he preguntado a Elías, el camarero cuya vida parece desarrollarse únicamente al otro lado de la barra. “¿Por qué no cambiáis un poco la decoración? Este local debe de tener el mismo aspecto que hace cincuenta años”. Y Elías me mira, se encoge de hombros y responde: “¿Para qué?”

Eso digo yo, ¿para qué? En esa pregunta-respuesta se halla toda la filosofía de este bar de apenas cuarenta metros cuadrados y un gran ventanal a mi espalda que da a la calle. Ahí fuera se esconde el miedo y otras muchas cosas de las que es mejor no hablar. Aquí dentro se está bien, se está a gusto, estoy tranquilo. No necesito más. Unas copas, precedidas de unas cuantas cervezas, quizá una conversación intrascendente con Elías, y ver los mismos rostros avejentados cada maldito día de la semana. Nada más. Es todo lo que un hombre de cuarenta años como yo necesita. Del trabajo, mejor ni hablar. Ni de la familia. Ni de los amigos. ¿Dónde están ahora todos? ¿A quién le importa?

Miro hipnotizado el segundero del reloj avanzar mientras Elías me sirve otra ginebra. Es un hombre alto cuyo rostro refleja más años de los que en realidad tiene. Creo que nunca le he preguntado la edad. Puede que en algún momento me lo haya dicho. ¿Quién sabe? A veces se me olvidan las cosas. Su pelo peinado para atrás brilla bajo una gruesa capa de gomina que intenta ocultar una incipiente calva en su cabeza de alfiler. De aspecto enjuto y enfermizo, siempre lleva unos pantalones de tela negros y una camisa blanca con alguna que otra mancha cuyo origen desconozco. Ni quiero saberlo. Me hace gracia la pajarita negra que lleva, como si esto fuese un local de lujo, en vez de un bar de barrio de mala muerte. Pero si se la quitara, esto ya no sería lo mismo. Me gusta soñar que estoy en el bar de algún gran hotel de cinco estrellas y que soy millonario. El sueño es tan efímero que dura lo que dura un trago.

Elías no es mi amigo, pero es lo más cercano a uno que tengo. Hay noches en las que apenas intercambiamos más de dos palabras. Los silencios, a veces, son importantes. Y necesarios. Me fijo en el resto del local, más que nada porque el reloj me está mareando. ¿O será la ginebra? Da igual. El sonido de la radio, amortiguado por la grasa y el polvo, llega hasta mis oídos como un murmullo fantasmal que presenta música clásica enlatada. No se oye nada más. El bar está vacío, a excepción de Elías y de un hombre situado al otro extremo de la barra que mira con tristeza al infinito. Tendrá unos sesenta años, y agarra con fuerza el vaso de vino que descansa frente a él. A su lado, sentada en un taburete contiguo, ahí una extraña mujer de aspecto desfasado que tiene su boca pegada a la oreja del hombre. No deja de susurrarle cosas, como si le contase continuos secretos que el hombre no parece comprender. Él permanece impávido, con los ojos llorosos y la mirada perdida; la boca caída en una mueca de sopor o melancolía; el cuerpo encogido, como si tuviera frío. No conozco al hombre. Le veo muy a menudo aquí, pero no recuerdo haber hablado nunca con él. Creo que se llama Benito, pero no podría asegurarlo al cien por cien. Siempre está en la misma posición, con idéntica expresión bobalicona en su rostro cargado de miedo. Lo único que en estos momentos me resulta extraño es la mujer que se sienta a su lado, la que no deja de susurrarle cosas al oído. Es morena, y su pelo está recogido en un enorme moño en el que podrían anidar ciertas aves migratorias. Su maquillaje exagerado contrasta con la palidez de su piel. Parece sacada de una película de suspense en blanco y negro, de esas que ya casi nadie ve. Sus labios rozan con cierto erotismo la oreja del pobre diablo.

Me pica la curiosidad, así que llamo a Elías. El camarero se acerca con paso lento pero decidido. Se le ve cansado. Siempre está cansado.

— ¿Quién esa mujer que está con Benito?… Se llama Benito, ¿no?

—Sí… Benito

— ¿Quién es esa mujer que está con él? –insisto.

Elías tuerce la cabeza de forma indiscreta y se queda observando a la pareja durante unos segundos.

— ¿Qué mujer? –dice finalmente.

— ¡Coño, la que está a su lado diciéndole cosas a la oreja!

—Yo no veo a ninguna mujer –dice después de un par de segundos en silencio.

— ¡No me jodas!

—No te jodo. Sólo veo a Benito. A nadie más.

— ¿Me estás tomando el pelo?

Elías me mira fijamente con una expresión en su rostro parecida a la de un trozo de madera y niega con la cabeza.

—Te digo que hay una mujer sentada al lado de Benito –digo alzando la voz.

—No hay nadie, Pepe. ¿Has estado bebiendo en otro bar antes que en éste?

—No. Ni siquiera estoy borracho. ¡Bah, da igual!

Elías se aleja impasible, sabiendo que la conversación ha terminado. Apuro mi ginebra sin dejar de mirar a Benito y a la mujer que le acompaña. Saco un billete y lo dejo encima de la barra. No espero las vueltas.

—Será mejor que me vaya. Hoy estoy cansado –digo mientras me bajo del taburete con cierta dificultad.

—Hasta mañana, Pepe –se despide Elías.

Me acerco hasta donde está Benito. Ni el hombre ni la mujer parecen darse cuenta de mi presencia. Me paro. Miro fijamente a la mujer. Es tan real que no comprendo cómo Elías no puede verla.

—Benito… Benito… —llamo al hombre. — Benito. ¡Eh, hola! Benito.

Benito gira con lentitud la mirada y la clava en mí. Le da un trago al vino y espera con paciencia.

—Benito, hombre. ¿Qué tal estás? ¿Te acuerdas de mí? ¿No? Estás aquí todos los días.  ¡Qué grande es verte en este bar cada puto día de la semana! Das ambiente al local. ¿No sabes quién soy? ¿No? Me siento allí –digo señalando el taburete que acabo de dejar. — Allí mismo, todos los días. Como tú aquí. Los dos… juntos. Pero separados, ¿verdad? Nunca hemos hablado, ¿no, Benito? No lo recuerdo. ¿Y tú? No, no hemos hablado. Me caes bien. Me pareces un tipo interesante. Un poco alelado, pero ¿quién no lo está? A estas alturas… Yo mismo estoy atontado día sí, día también. Somos iguales, Benito. Bueno, tú un poco más mayor y bastante más confundido que yo. Pero somos iguales, hombre. Por eso me caes bien, aunque nunca hayamos hablado. Eres parte del bar, como la decoración, como Elías, como yo. Me recuerdas tanto a mí… Por eso voy a decirte una cosa. Como un favor. De colegas, ya sabes. Sólo una cosa y después podrás seguir bebiendo el vino con tranquilidad. Verás, Benito… Cómo decírtelo. Sé que va a sonar extraño, pero tienes una muerta colgada de tu espalda. ¿Has oído? Una muerta. No sé si es tu madre, tu mujer, o alguien que conociste hace tiempo. No lo sé ni me importa. Pero tienes que saber, ser consciente, de que tienes una muerta pegada a tu espalda. No sé cuándo cojones se te ha enganchado a la chepa, Benito, pero ahí la tienes. La estoy viendo ahora mismo. Está a tu lado. Te está susurrando cosas al oído. Incluso ahora que estoy hablando contigo, no deja de hablar. ¿Qué te cuenta, Benito? ¿La escuchas? ¿Qué te dice esa mujer? Cuéntamelo, hombre. Tengo curiosidad. Nunca antes había visto a un muerto que hablase. ¿Qué te dicen los muertos, Benito? ¿Te cuentan secretos del otro lado, o sólo te está diciendo que te vayas con ella? ¿Qué cojones te está diciendo esa mujer, Benito?

Benito se queda en silencio mirándome con esa expresión entre triste y estúpida. Le abofetearía en este mismo instante. Le cogería de la solapa de su chaqueta carcomida y lo zarandearía para que despertase de una vez. Pero me contengo.

—Aquí… se… está… bien… – consigue decir el hombre después de unos segundos de incertidumbre.

Le miro fijamente para después clavar la mirada en la mujer. Ella ni siquiera se inmuta. Sigue susurrando secretos en el oído del hombre. Vuelvo a fijarme en Benito. Sonrío.

— ¡Pues claro que sí, hombre! –Afirmo dándole una leve palmada en el hombro. — ¡Aquí se está de cojones! ¡Por eso venimos todos los putos días! ¡Buenas noches a todos!

Benito se queda en silencio. Pero, de repente, consigo oír una voz femenina llegar a mis oídos envuelta en una brisa podrida.

—Ya estás muerto y ni siquiera lo sabes –dice la voz de mujer.

Trago la poca saliva que me queda en la boca. No hay palabras para describir cómo me siento en estos momentos. Me doy la vuelta sin pensar en nada, subiéndome el cuello del abrigo poco antes de abrir la puerta y mezclar el frío de fuera con el que se ha instalado dentro de mí. Brahms suena eléctrico en la radio del bar. Salgo a la noche, allí donde se esconden las cosas de las que es mejor no hablar. A veces. Respiro con profundidad poco antes de emprender el camino a casa, si es que aún recuerdo cómo llegar. Es lo que hay.

Relato & Collage (Gramática Histrionica) © Oscar Varona