Dimensiones | Collage © Oscar Varona

Estás de pie, en mitad del pasillo, con la vista puesta en la puerta de tu habitación, de vuestra habitación, de todas las habitaciones. De pie, sin mover un músculo, únicamente observando esa puerta, preguntándote por qué está cerrada cuando tú siempre la dejas abierta. Estás seguro de haberla dejado abierta, de haber hecho el movimiento de abrirla antes de irte. Estás seguro de ello. Incluso te ves diez horas antes, o nueve, abriéndola con total parsimonia momentos antes de salir de casa. Para que se airee. Para que el pasillo no esté tan oscuro. Como un ritual que haces cada mañana sin darte cuenta, sin apenas ser consciente de ello. Por simple monotonía. No te gusta dejar las puertas cerradas, a no ser que te vayas a dormir. Entonces, sí. Entonces, la cierras. Porque lo que pasa en el interior de la habitación no le importa a nadie. Sólo a ti y quizá a ella.  Sientes las tripas arder, el cuero cabelludo erizarse. Ahí dentro hay alguien. No se oye nada, pero estás convencido de que hay alguien. Tal vez te han oído entrar e intentan no delatarse. Tal vez estén quietos los dos, o los tres, o los que sean, esperando a tu próximo movimiento, asustados, quizá más asustados que tú porque has llegado más pronto de lo habitual. No contaban con tu presencia. Era algo que no habían calculado, que no entraba en sus planes. Sea quien sea quien esté ahí dentro, tu presencia es algo inoportuno, por no decir otra cosa. Tienes el corazón en la garganta. Sientes la sangre bombear en tus sienes. El calor se vuelve de repente insoportable. Comienzas a sudar. ¿De verdad hace tanto calor? Te gustaría quitarte la chaqueta, pero no quieres hacer ningún ruido, ni siquiera el más mínimo. Incluso temes que puedan oír el movimiento de tus ojos o el sonido constante de tu respiración. Por eso intentas respirar más lento, exhalar e inspirar con suavidad, aunque tu cuerpo tembloroso pida ser alimentado con más oxígeno. Porque ahí dentro hay alguien. Lo sabes. Ellos también lo saben. Todas las miradas puestas en la puerta, esperando cualquier movimiento, el más pequeño, imperceptible y delator de los sonidos. Porque, entonces, cuando alguien, quien sea, a cualquier lado de la puerta, cometa el primer error, todo se disparará, explotará, se convertirá en algo violento, desagradable, impredecible. Puede que incluso sangriento. Y no estás preparado para todo eso. No, no lo estás. Tienes el cuerpo en tensión. Los nudillos en blanco. Y pasan los segundos. Eternos segundos. El tiempo parece haberse detenido. Las gotas de sudor caen por tu frente abajo. La boca está tan seca que no podrías decir nada aunque quisieras. Porque algo tendrás que decir. Algo tendrás que hacer. O no. Hay alguien al otro lado de la puerta. Hay alguien en la habitación. En tu habitación. En vuestra habitación. Puedes tener sospechas, pero puede ser cualquiera. Un ladrón, un intruso, un fetichista… Ella. Ella y alguien más. Alguien más. ¿Quién es ese alguien? Ni siquiera estás seguro de querer saberlo. Si fuese ella, ella sola, ya habría dicho algo. Te habría saludado. Habría salido de la habitación y te habría recibido con uno de esos besos fríos que suele dar. Ella… Ella y alguien más. Pero, ¿ha sido ese alguien invitado a pasar a tu habitación o ha irrumpido de repente? ¿Y si ella no puede salir? ¿Y si alguien la retiene contra su voluntad? Las rodillas se doblan levemente. Temes caer por un  instante. No sabes qué hacer. ¿Abrir la puerta? ¿Despejar cualquier duda? Sabes que hay alguien ahí dentro, dentro de tu habitación, pero no sabes nada más. Ni siquiera estás seguro de que haya alguien. Puede que la puerta se haya cerrado por un golpe de viento. Puede que ella la cerrase cuando llegó a casa. Suele venir antes que tú, pero nunca cierra la puerta. Nunca. Por eso te resulta tan extraño que en esos momentos la veas cerrada. Por eso tienes tanto miedo de ver qué pasa al otro lado de la puerta; de saber quién está ahí. No te sientes preparado, no tienes el valor suficiente como para enfrentarte a la verdad. Mientras tanto, esperas. Esperas a que el más mínimo ruido o acto confirme tus sospechas y sepas a qué atenerte. Un golpe. Saltas como un resorte, pero en seguida te das cuenta de que el ruido no proviene del interior de la habitación, sino que ha sido en el piso de arriba. Él, ella, ellos han debido de asustarse también. Están preparados para que entres. No quieren que lo hagas, quien sea, pero están preparados. No quieren que abras esa puerta. Sólo quieren, o quiere, que desaparezcas, que te des media vuelta, que no estés allí. ¿Y si está en peligro? ¿Y si ella está en peligro? ¿Y si…? Das un primer paso, lo más sigiloso posible. Tu rodilla cruje. El sonido parece multiplicarse por diez en ese pasillo oscuro. Temes que te hayan oído. Vuelves a permanecer en silencio, quieto. No ocurre nada. Unos segundos más para confirmarlo. Nada, ningún movimiento o ruido al otro lado de la puerta. Das otro paso. El corazón bombeando tan rápido que temes se vaya a salir de tu pecho. Podrías caer muerto en cualquier instante. No estás preparado para esta tensión. Los nervios como cables tensados. Otro paso. Escuchas, pero no se oye nada. Ella… Debería ser ella. Ella y nadie más. Debería. Pero sabes que no es así. Porque hay alguien en tu habitación y no crees que quiera salir, y estás seguro de que no quieren que entres. Otro paso más. La puerta está tan cerca que si estiras el brazo podrías tocarla. Y aun así, sigues sin escuchar nada. Puedes ver los ojos de aquellos que están al otro lado clavados en la puerta, esperando, pensando con rapidez en qué hacer en cuanto la abras. Agarras el picaporte. Está frío. No lo mueves, permaneces así. Esperas. Escuchas. Sigues sin oír nada. Intentas tragar saliva, pero sólo consigues un chasquido de tu garganta. La cabeza te da vueltas. Sensación de vértigo que provoca unas repentinas nauseas. Aguantas el vómito. No hay arcada. Todo vuelve a su sitio. La comida, el corazón, la visión… Incluso el cerebro parece colocarse. Bajas lentamente el picaporte. Al otro lado, seguro que hay alguien muy asustado. Pero tú lo estás más. Ya puedes abrir la puerta. ¿Estás seguro de hacerlo?

Relato y collage “Dimensiones” © Oscar Varona