© Oscar Varona | Micorazón

Suena el teléfono. Un hombre surge de la oscuridad y lo coge. Al otro lado del hilo telefónico suena la voz de una mujer ligeramente distorsionada.

-¿Estabas dormido? –pregunta ella.

-No, sólo imaginaba mi propio suicidio –responde él.

-¿Era divertido? –dice ella.

-No tanto como yo creía –comenta él.

-Con respecto a lo de esta mañana… -dice ella.

-Olvídalo. Los dos estamos… -interrumpe él.

-No creo que vaya a cenar. ¿Te molesta? –interrumpe ella.

-Es un contratiempo del que me puedo hacer cargo. Aprovecharé para ordenar mis cajas vacías. Nunca tengo tiempo para… -dice él.

-Tampoco iré a dormir. ¿Es eso un problema? –anuncia ella.

-¿Crees que lo es? –pregunta él.

-¿Qué nos está pasando? Todo es tan extraño…–dice ella con cierta pesadumbre.- Si al menos…

-Creo que eres una chica ensimismada en tu mente plateada –interrumpe él.- Tírame niños muertos en sueños y puede que sea tu amigo. Deberíamos convertir nuestros pensamientos negros en problemas sin solución. No voy a nadar hasta ti, por muy lejos que esté tu ciudad. Puede que me ponga un traje y hasta que te compre flores, pero nada más. Prometo no ir al baño con asiduidad y no construir ninguna decepción en tu boca. ¡Escúchame! Soy hielo por dentro; soy un significado vacío, nulo, que no sirve. Ahora puedes decir lo que quieras.

-Tenía fiebre esta mañana y pensé que iríamos montados en tu miedo para así inventarnos alguna fiesta en la que comerte a base de torturas. Si quieres, podemos vivir de amores imaginados, perdiendo el café podrido que surge de nuestro cerebro. Sin ser nada especial, porque mi verano se ha convertido en respiración aromática. Yo soy las preguntas y tú los silencios. Necesito tiempo para vivir feliz justo ahora que averigüé lo que me importa el mundo, lo que significa este limón en mitad de la basura –dice ella.

-Tenías razón, quiero morirme de miedo sentado a tu lado –comenta él.- ¿Te falta algo? Si salimos por ahí puede que te cuente un cuento de mi mente miserable. Te  atraje con frases inútiles para después ver tu rostro desvanecerse entre la multitud mientras dormías. Soy como un hermano mentiroso que vive seguro en su estómago porque nada más soy capaz de honrar. Te quiero de forma especial, creo en lo precioso del amor. Sin embargo, soy como un ejército enemigo que arrasa cuanto encuentra en su desértico camino.

-No iré a tu cama esta noche –dice ella.- Duerme tu guerra diaria y prepárate para soñar. Supongo que vivo en un país de colores abstractos en los que siempre estás tú. Lejos de los hombres y de los pensamientos increíbles que hacen que me maree. Conozco un recuerdo, uno de tantos, y es cuando te encontré. Pero toma mi mierda si así te sientes mejor. Sólo quiero asesinarte y sentarme en las ramas de algún árbol.

-Tú en mi cabeza –apunta él.

-Me crees cotidiana conexión y me odias por ser mental y no un desperdicio de poesía –dice ella.

-Mi  máscara goza de amor hirviendo al sol como un hígado crudo sangrante. Eres realidad y gravedad insana por dentro; una drogadicta que concreta esa dosis de paraíso para acallar las voces de su cerebro; eres un hocico macabro de talento y estoy separado demasiadas horas de ti en esta miserable alegría en la que lleno mi vuelo rasante para sangrar sonrisas cínicas por la cama. Quiero atacarte con mi inyección de tiempo –dice él con aparente tranquilidad.

-Mi codiciada flor, mis labios quieren darte paz y mis caricias son el almuerzo de Falopio congestionado en tu engreído y enrojecido vivir –comenta ella.

-Quiero dispararme, distenderte y morir de aburrimiento –dice él.

-Soy verano y universidad. Esto saldría bien si quisiera más -dice ella.

-Ahora es demasiado tarde para decir lo cansado que estoy. Sólo te diré que pertenecemos a nuestras manos y con ellas manejaremos nuestro mundo –dice él.

-Duérmete –pide ella.

-Tírame tu cerebro –implora él.

-Te lo daré cuando te mate. Así podrás encontrarme y ofrecerme esas flores mustias –dice ella.

-Hecho –dice él.

-Hasta mañana –dice ella, y los dos cuelgan el teléfono al unísono.

Relato y Collage (“mi corazón“) © Oscar Varona