Irreal | © Oscar Varona

Me levanto de la cama, después de una noche en vela preso del nerviosismo más ambiguo. Las piernas flojean. La mente se expande ante un nuevo día que ya clarea. Salto por la ventana y me encaramo a los lomos de mi caballo sin cabeza. He tenido que cerrar con decenas de imperdibles su vientre abierto para que sus tripas no se desparramen a la primera cabalgada. Es incapaz de levantar las patas delanteras y apoyarse en los cuartos traseros a modo de corcel heroico antes de comenzar a galopar. Es un viejo caballo cuyo espíritu apenas se sostiene. “Es hora de desfacer entuertos y matar malandrines”, susurro. La adrenalina inunda mi sangre negra. El viento corta mi rostro enfebrecido. Todo va más rápido de lo que en realidad sucede. En seguida nos encontrarnos con la pradera abierta y desierta en su inmensidad. Me preparo para la batalla, para la aventura inesperada. Busco en los bolsillos de mi pijama. Saco una de esas pastillas naranjas que tan mal saben y que consiguen calmar mis nervios; hacerme olvidar quién soy, lo que siento. Su tamaño es más grande de lo habitual. Me cuesta tragarla. Siento cómo aterriza en mi estómago tras unos segundos interminables de asfixia. La saliva seca, el esófago dolorido. Tengo el estómago lleno y la euforia quemando mis entrañas. Clavo los talones con delicadeza en los costados sensibles de mi caballo. Temo que sus carnes abyectas y resquebrajadas se abran de nuevo y me vea obligado a posponer mi paseo diario. La libertad golpea mi rostro demente, aunque la velocidad adquirida no sea excesiva. La soledad se mezcla con el ozono descargado la noche anterior en una tormenta sin precedentes. La pastilla naranja comienza a hacer el efecto deseado en mi cuerpo. La visión se desenfoca. Los nervios se condesan. “¡Al trote, al trote, envejecido corcel sin cabeza!”, grito agitando mi brazo derecho al aire. Me embriago con el ritmo de los cascos oxidados de mi fiel compañero. De repente, caigo al suelo a causa de un movimiento brusco provocado por un bache no visto, no intuido. Me golpeo la cabeza con violencia. Una piedra situada en el peor de los sitios. El cráneo se abre como un huevo podrido. El cerebro emerge en plena ebullición de ideas. Aunque aturdido, sé que he de levantarme. Quiero continuar con mi viaje, pero si me muevo, mi masa encefálica se mezclará con el terreno. Mis pensamientos serán absorbidos por la tierra. Todo mi yo desaparecerá en el fango. Siento en mi cuerpo maltrecho las coces que mi caballo me propina de forma tímida y continuada para infundirme ánimos. De nada sirven. No puedo moverme. Comienza a llover y mi cerebro se encharca con gotas tristes que el cielo gris derrama. El caballo suelta una sonora flatulencia y, acobardado por el ambiente enrarecido, se aleja a galope sin rumbo fijo. Inútil resulta llamarle. Como es lógico, carece de orejas que puedan reconocer mi voz. Siento cómo el pensamiento se desvanece según se va mezclando la gelatina gris con el barro. No puedo levantarme, ni si quiera puedo pensar en ello. Saco fuerzas de donde no las tengo. Empiezo a sentir que no soy yo. Me pongo de rodillas. Apenas veo con claridad. Sin embargo, no siento dolor alguno. Recojo con mis manos inútiles la porción de masa encefálica vomitada  a causa de la caída. La introduzco en el cráneo junto con la hierba arrancada y la tierra mojada. Las imágenes se vuelven abstractas. Intento no permanecer por más tiempo tirado en el suelo y me incorporo a duras penas. Hago tapón con ambas manos sobre el agujero producido por la caída. Aprieto fuerte. La sangre chorrea por mi rostro estúpido. Miro a mi alrededor. Ni rastro de mi caballo. Soledad absoluta. Tengo la sensación de que el mundo entero se vuelve una espiral amarillenta que apenas permanece quieta. Es entonces cuando la llanura desaparece y la imaginación muere.

Relato y collage (“irreal“) | © Oscar Varona