Apéndice © Oscar Varona

Marta juega con su pelo distraída mientras se hace el café. Piensa en la aparente tranquilidad que todos los días se respira a esta hora en casa. Tranquilidad que se verá rota en apenas media hora, cuando lo niños se levanten y comiencen a exigir cosas. Este es su momento, el único que es enteramente para ella, para sus pensamientos. El resto del día apenas tiene un momento de descanso: trabajo, casa, niños, comidas… Marta nunca quiso ser madre, pero las circunstancias le marcaron un camino a seguir que cada día detesta más. Es cierto que en los últimos meses ha adquirido una actitud más pasiva ante la vida, como si hubiera aceptado por fin su propio destino. No hay salida para su actual situación, o al menos una fácil y satisfactoria. La oscuridad se propaga más allá de las ventanas. Parece increíble poder sentir la paz que disfruta en estos momentos. Esboza una triste sonrisa y se levanta de la silla. Coge la cafetera y se sirve una buena taza de café. Una de las escasas recompensas que le reserva el día; un día calcado al anterior. Un ínfimo regalo para ahogar momentáneamente la tristeza que aprisiona su pecho. Vuelve a sentarse y saborea el café con gusto. Cierra los ojos. Santiago, su marido se debe de haber levantado ya, pero hoy lo hace en otra cama, al lado de otra mujer. “Mejor así”, piensa Marta. “Al menos ahora está controlado”. Santiago ha tenido problemas en el pasado por acosar a menores de edad. Fue algo duro cuando Marta se enteró, pero llegaron a una especie de acuerdo: “nada de jovencitas”, exigió Marta. “Puedes follar con quien quieras, pero aléjate de las niñas”. Y hasta ahora, parece que Santiago ha respetado el pacto. Sólo lo parece, porque Marta no puede vigilar sus actos las veinticuatro horas del día. Ahora Santiago está con una chica veinte años más joven que él. No es una menor, lo cual hace que Marta respire, de alguna forma, aliviada. Parece que les va bien. A Marta le interesa tres narices si la pareja funciona o no, pero verle feliz supone que su cabeza no piensa en niñas desnudas y ropa interior infantil. Al menos, eso cree ella. Santiago duerme con esa mujer dos días a la semana. El resto, lo pasa en casa de Marta, como un matrimonio normal y corriente. Como una pareja de esas que se encuentra sonrientes por la calle. ¿Cuántos cadáveres tendrán escondidos los demás en sus armarios? Tampoco le interesa mucho. Hablando de cadáveres… Algún día tendrán que deshacerse del que tienen escondido en el trastero. El último desliz de Santiago, la excusa perfecta para llegar al pacto anteriormente citado, el suceso que hizo tambalear los cimientos de sus tristes y asquerosas vidas. La niña que puso fin a sus excesos. Marta suspira. Es mejor pensar en otra cosa. En menos de diez minutos esas fieras estarán despiertas y el silencio se verá quebrado. “Disfruta, Marta. Disfruta de estos momentos de soledad en los que nadie te pide o exige nada; en los que sólo eres tú, Marta, aquella adolescente que soñaba con una vida mejor, lejos de aquí, a cien mil kilómetros de una existencia parecida a esta”.  Porque, en algún momento pasado, no hace tanto tiempo, Marta tuvo sueños, unos sueños no del todo descabellados ni irrealizables, pero sueños, al fin y al cabo. Es cierto que los aparcó en beneficio de una vida más convencional, que fue decisión propia. O no. Primero vino Santiago, diez años mayor que ella, con experiencia y buena labia. Porte aristocrático, pero todo fachada. La embaucó. La enamoró. La desvirgó con diecisiete años en un desguace de coches. La violó, pero ella no supo que aquello era una violación hasta que pasó el tiempo.  Era lo normal en la época. Y entonces vino el primero de sus hijos, y después el otro. Y más tarde, cuando ni siquiera pensaban en ampliar la familia, llegó la niña. Y Marta temió por ella según fue creciendo. Santiago la miraba de un modo especial. Marta temblaba cada vez que la veía sentada en sus rodillas. Pero, que ella sepa, nunca ha sucedido nada extraño. Ya está ella para poner remedio a las cosas. Suenan los despertadores en las habitaciones de los niños. La paz y la tranquilidad se han evaporado hasta el día siguiente. Marta se levanta de la silla y coge un cuenco, lo llena de leche y lo pone a calentar. Comienza a oír las voces de sus vástagos y los gritos de alguno de ellos que se ha levantado con mal pie. Suspira, esta vez tan profundo que nota el pecho doler. Y como cada mañana desde hace dos días, coge el bote del mata-hormigas y echa en el cuenco una porción importante pero con mesura para no levantar sospechas y agriar el sabor de la leche. Remueve el líquido con una cuchara y su rostro es tan pétreo en estos momentos, que cualquiera que la viera pensaría que está muerta. Quizá, hace tiempo que lo esté y sólo respira de forma mecánica.

Relato y collage (“Apéndice”) © Oscar Varona