Motilidad I Relato + Collage I Oscar Varona I Coctel Demente

Dos hombres, A y B, están sentados en el salón de la casa de uno de ellos. Uno frente al otro. Los dos vestidos con traje y corbata, pero con aspecto desaliñado y sórdido. Uno de ellos, A, es más bajito y achaparrado que su compañero. Tiene una mirada maliciosa, aunque cansada. El pelo negro revuelto y la barba de dos días. El otro, B, es más alto y flaco, pero con la misma expresión de tedio cruzando por su rostro curtido. Los dos aguantan con sus manos venosas sendos vasos de chupito con un líquido pardusco que no se deciden a beber.

– ¿Sabes? –pregunta A.

– ¿Sí? –responde B.

–No, nada –dice A.

–Dime –insiste B.

–No es nada.

– ¿Estás bien?

–Sí.

Silencio.

–No está mal tu casa –comenta B mirando a su alrededor.

–No.

–Podría estar mejor.

–Sí.

–Pero no está mal.

–No.

–Debería venir más a menudo.

– ¿Tú crees?

–Sí.

–Puede que tengas razón.

Silencio. A se lleva el vaso a la boca sin llegar a beberlo.

– ¿Sabes?

–Dime –responde B.

–Tengo que contarte algo –dice A.

–Adelante –dice B.

–Pero no.

– ¿Pero no?

–No.

– ¿No quieres contármelo?

–Sí.

– ¿Sí quieres contármelo?

–Sí

– ¿Entonces? ¿Qué pasa? –pregunta B.

–Es que…

– ¿Sí?

–Me da vergüenza –confiesa A con cierta pesadumbre.

– ¿Vergüenza?

–Sí.

–No comprendo. ¿Tienes vergüenza de contarme algo?

–Sí.

– ¿Después de tanto tiempo?

–Sí.

–Bueno, como veas.

Silencio. B acaricia con sus labios el vaso, pero lo retira antes de beber una sola gota.

–Me supura el culo –dice finalmente A.

– ¿Qué? –pregunta B sorprendido.

–He dicho que me salen líquidos por el culo.

– ¿Desde cuándo?

–No sé… Desde hace unos meses.

– ¿Y por qué no me has dicho nada?

–Te lo estoy diciendo ahora.

–Digo antes.

– ¿Antes? ¿Antes de qué?

–Pues antes. Cuando empezaste a mear por el culo.

–No meo por el culo. Simplemente me salen fluidos de vez en cuando.

– ¿Cómo son?

– ¿El qué?

– Los líquidos.

–Pues marrones, supongo. Algunos de color amarillento –informa A.

– ¿Sangre? –pregunta B.

–No, no. No lo he comprobado, pero creo que no.

– ¿Son viscosos? –B parece interesado.

–Tienen cierta consistencia, sí.

– ¿Y nada más?

– ¿Qué quieres decir con nada más?

– ¿No te duele? ¿No sientes nada?

–Me arde el culo, como si lo que echase fuese ácido o algo parecido.

– ¿Has ido al médico?

–No, aún no.

– ¿Por?

–Tengo miedo.

– ¿A qué vas a tener miedo? No creo que sea nada importante.

–Pero, ¿y si lo es?

–No lo es.

– ¿Cómo lo sabes?

–No lo sé.

– ¿Eres médico?

–Sabes que no.

–Entonces, ¿por qué estás tan seguro de que no es nada?

– ¡Ay, no sé! Lo he dicho para animarte.

– ¿Animarme?

–Sí.

–Gracias.

–De nada.

A vuelve a llevarse el vaso a la boca, pero antes de que el líquido pueda entrar en su boca, agacha la cabeza.

–Oye, ¿has tenido… relaciones homosexuales? –pregunta B.

– ¿Qué? –pregunta A clavando los ojos en su amigo.

–No sé, es por preguntar.

– ¿Te digo que me supuran líquidos por el culo y sólo se te ocurre preguntar eso?

–Era por ir descartando cosas –dice B encogiéndose de hombros. – No creo que sea algo tan malo.

– ¿El qué?

–Lo que te preguntado.

–No lo es. Y no, no he mantenido relaciones homosexuales con nadie.

–De acuerdo. No te ofendas.

–No me ofendo.

Silencio incómodo.

–Y tú mujer, ¿qué dice?

–Nada, está más preocupada en que no manche el sofá. Me ha dicho que me ponga pañales –dice A.

– ¿Y tú qué has hecho? –pregunta B.

–Ponerme uno.

– ¿Llevas un pañal ahora?

–Sí, desde esta mañana.

–A ver. No me había dado cuenta –dice B sorprendido.

A se levanta de la silla y se da la vuelta. Se levanta un poco la chaqueta para que su amigo pueda apreciar mejor su trasero. Se puede distinguir con claridad el bulto que se marca en el pantalón.

–Al menos parece que tienes más culo –termina diciendo B.

– ¿Sí? ¿Y eso de qué me sirve? –pregunta A  mientras se sienta.

–No sé, a las mujeres les resulta atractivo.

– ¿Tú crees?

–Eso he oído.

–Me da lo mismo. ¿Quién se va a fijar en alguien como yo?

–En eso tienes razón.

–O en alguien como tú.

–Ahí me has dado.

–La verdad es que ninguno de los dos valemos mucho.

– ¿Quién habría apostado por nosotros cuando éramos pequeños?

–Nadie.

–Y habrían acertado –silencio. B hace un nuevo intento por beber, pero comienza a hablar antes de tan siquiera llevarse el vaso a la boca. – No me imagino a ninguno de esos chavales que se reían de ti escupiendo líquidos por el culo.

–La verdad es que yo tampoco.

–La vida es como es. No hay que darle más vueltas. No esperes ningún tipo de venganza cósmica.

–Nunca la esperé.

–Nunca esperaste nada.

–Sólo dejar de echar flujos por el culo.

Silencio. A termina posando el vaso en la mesa.

– ¿Quieres verlo? –dice finalmente.

– ¿El qué?

–Mi culo.

–No, la verdad es que no me apetece mucho.

–Es que creo que el agujero se ha hecho más grande.

– ¿El agujero? ¿Qué agujero?

–El del culo.

– ¡Qué tonterías estás diciendo!

–Lo digo en serio.

–No, lo siento. No quiero verlo.

–Anda, acompáñame al servicio y te lo enseño en un momento. Necesitaría una segunda opinión.

– ¿Quién te ha dado la primera?

–Mi mujer.

– ¿Y qué te ha dicho?

–Nada. Simplemente vomitó. Desde entonces no ha soltado una sola palabra. Hace como que no estoy.

–Oye, no te molestes, pero es que… no tengo ganas de verlo.

–Está bien, no insisto.

Silencio. Ahora es B quien deja el vaso encima de la mesa, mirando el líquido pardusco con desagrado.

–Tengo que irme –dice levantándose de la silla. – Se me hace tarde. Tengo que darle la vuelta a mi mujer para que no le salgan escaras en el cuerpo.

– ¿Está mejor? –pregunta A con desdén.

–No, cada vez va a peor. Ya ni me reconoce.

–Vaya, lo siento.

–No pasa nada. C’est la vie, que diría un inglés –dice B.

– ¿Nos vemos mañana?

–Sí… Bueno… Puede ser. Ya te llamaré, ¿vale?

-Vale –dice A. – ¿Te acompaño a la puerta?

-No, no hace falta. Conozco el camino.

-De acuerdo.

B se da la vuelta y comienza a andar.

– ¡B!

– ¿Si?

–No, nada. Cuídate.

–Sí, bueno. Ya nos veremos.

B sale del salón. Se oye la puerta de la calle abrirse y después cerrarse con cierto estruendo. Después, el silencio. A observa el vaso que tiene delante. Lo coge, lo mira detenidamente y lo vuelve a dejar.