La puerta del vagón se abrió dejando entrar una bocanada de aire y la cegadora luz del amanecer golpeando las pupilas hasta dejarlas diminutas. — ¡Vamos, todos fuera! — apremiaba una voz marcial y seca. Sin apenas poder abrir los ojos fui caminando hasta apoyar la mano al borde del vagón y saltar fuera de él. Cuando al fin pude levantar la cabeza y mirar a mi alrededor, estaba rodeado de hombres como yo, perdidos y ajenos a lo que ocurría, las voces de los soldados nos agrupaban, algunos con el fusil al hombro zarandeaban a quienes trataban de resistirse a colocarse junto al resto. Fue entonces, cuando el tren fue poniéndose en marcha, que vimos al otro lado de la vía colgando de una gran entrada entre alambradas un cartel que ponía “Minas de Leviatán”.

Hasta ese momento, en que la realidad se mostraba tal cual era, me había estado negando pensar que algo así podía estar sucediendo. Había sido apresado; por cualquiera de los bandos, eso no importaba ahora, ambos buscaban establecer sus ideales, que no eran más que la ambición de poder oculta entre poesía y promesas. Apresado para alimentar su maquinaria de guerra. ¡Que lastima!

Continuará…

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